La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre gatos muertos, paredes ensangrentadas y cadáveres escondidos. Iba al cine con frecuencia y veía la cartelera completa de vampiros, fantasmas y fenómenos paranormales. Hablar con ella era para quedar electrizado. Topársela en el metro o caminar unas cuadras a su lado era garantía de pesadilla nocturna. Sus conversaciones giraban alrededor de misterios imposibles de resolver con la razón. Pero al mismo tiempo ella era suave como algodón de azúcar: sus modos, frágiles; su voz, tierna; y su estructura corporal, ligera como pichón. Yo la contemplaba a la distancia y disfrutaba estando en su compañía. De a poco me enamoré. Mas apenas la oía hablar, comenzaba a temblar presa del pánico. Escucharla relatar lo que fuera (el paseo diario con su perro, el frío del invierno en las calles de Santiago o la última derrota de nuestra selección) me escarpiaba la columna. Cada vez que la dejaba en la puerta de su casa y regresaba a la mía me sentía perseguido por un monstruo deseoso de devorarme las tripas y triturarme los huesos. El día cuando le declaré mi amor en un banco de la Plaza de Armas, me pidió permiso para ir a buscar fuego y encender un cigarro. “¡Pero si tú no fumas!”, reclamé con asombro. “Hoy puedo aprender”, me dijo tímida y sonriente, mientras se alejaba de mí. Su silueta se hizo pequeña bajo las sombras de los árboles y, entre tanto transeúnte suelto, no pude seguirla con la vista. A 20 años de ese día aún me pregunto dónde está.
jueves, 19 de junio de 2025
viernes, 16 de mayo de 2025
¡Abejas!
Su fastidio era manifiesto. Sentía el peso de la mochila llena de carpetas. Su tutor lo amenazó con reprobarle la práctica si para mañana no redactaba las demandas pendientes. Lamentando su suerte veraniega ingresó al metro santiaguino empapando el cuello de la camisa con su hediondo sudor. En su molestia se condujo con torpeza y sus libros cayeron. “Disculpe, señora” – decía avergonzado mientras se agachaba a recoger su Código Civil abierto en el suelo. Bastó apenas esa milésima de segundo. Sus ojos se cruzaron con el artículo 620. Y la verdad lo hizo libre. “Las abejas que huyen de la colmena y posan en árbol que no sea del dueño de ésta, vuelven a su libertad natural” – se oyó gritar con voz de fiesta a don Andrés Bello desde el más allá. El haz de luz y color que salía del inciso produjo un Big Bang que cubrió todo el vagón. Los pasajeros calatos echaron a correr por las verdes praderas. Los cuatro vientos soplaron levantando cabelleras y transportando la fragancia de las rosas. Salvajes felices aullaban de alegría con más fuerza que Rousseau en sus eróticos sueños sobre una humanidad sin cadenas. ¡Al diablo las convenciones y los modales! Besó, amó, danzó y durmió. La voz del locutor irrumpió anticipando el nombre de la próxima estación. Se abrieron las puertas y la rutina sobrevino. Como ovejas al matadero cada quien se fue a lo suyo. En la calle una abeja voló a pegarse en su mochila. No la espantó. Desde la ventana ella le hizo compañía hasta que terminó la redacción de la última demanda. “Te quedaron buenas, Galleguillos. Te salvaste” – admitió después de un rato el tutor. “Ven mañana a saber tu nota” – remachó con sequedad. Pero Galleguillos se había dormido en su presencia. Sonreía y abrazaba su Código.
lunes, 28 de abril de 2025
¡Nefas!
¡Por fin en Chile! ¡Costó, pero llegó! Con alegría les comparto que desde el viernes 25/04/2025 la novela “Historias de la vida en Nefas” se halla disponible en la librería CLC ubicada en Amunátegui 57, Santiago centro. (Siguen, por cierto, disponibles los canales de distribución online).
martes, 28 de enero de 2025
Sosiego
"Mamá, ¿qué hace ese abuelito sentado a pleno sol?", le pregunta la niña a su madre. La mujer aguza la vista y apunta sus ojos al veterano. Si no fuera porque pestañea y respira, apostaría que este viejo se murió sentado. Mientras, sin saber que hablan de él, el anciano activa su memoria y recuerda su infancia y juventud. Luego, enciende su imaginación y se pregunta a qué velocidad volarán los aviones en 20 años más. En seguida reflexiona sobre la muerte y se interroga sobre la fe y la resurrección. En fin, sin dejar de arrojarles migas a las palomas, piensa, rememora, siente y se emociona. La niña sigue mirándolo. La madre, disparándole misiles: pobre hombre, decadente, viejo turuleco. "Ya, pues, mamá, ¿qué hace el abuelito?", insiste la niña. "Nada, hija, nada. Ese abuelo no hace nada".
miércoles, 25 de diciembre de 2024
Regalos
Apenas supieron que el niño nació, llegaron uno por uno trayendo regalos. Todos lo hicieron a escondidas (¿prófugos, fugitivos?). Ella fue la primera en entregarle su obsequio: sacó de su cartera una lista de pecados inconfesables. Luego vino él: de su maleta extrajo un delito imprescriptible. Siguieron los de allá y más allá. La montaña de culpas y vergüenzas acabaron por sepultar al neo nato. Y así se fueron cada uno a lo suyo. Treinta y tres años después oyeron la noticia de una muerte de cruz y, tres días más tarde, supieron de una tumba vacía. Desde entonces siguen existiendo en paz y siempre con alegría. Esta noche se encontrarán para celebrar navidad. Recordarán -seguro- aquella primera vez cuando se conocieron allá en Belén.
jueves, 19 de diciembre de 2024
Café con cuentos
Roberto Bolaño, siendo extranjero en suelo español, frecuentaba en Blanes una misma cafetería (casi a diario). Allí, el poeta chileno se sentaba a escribir, degustando un café con leche, mientras la regente del local lo tentaba ofreciéndole unos churros por mera cortesía. Esta mañana, tras salir de una frustrada audiencia de conciliación ante un juzgado civil de Santiago, acudo a refugiarme en una cafetería emulando a Bolaño. Apenas llego, una señora venezolana me acoge con una cálida bienvenida, “¿Qué le sirvo, mi corazón?”. Parco como jurista, le respondo un café con leche, por favor. “Ya se lo traigo, mi cielo”, y se va sin ofrecerme los churros de cortesía. Saco mi cuaderno y comienzo a escribir. Bolaño, desde la gloria, me mira, curioso, con un cigarro entre sus labios. Escribo y no paro de escribir. “Aquí tiene, mi corazón”, me dice la doña, tan de improviso que me asusta, y deja sobre mi mesa un té con canela. Advierto la discrepancia entre lo pedido y lo servido, pero, estoico, guardo silencio, escribo y sigo escribiendo. Al rato, ella vuelve a pararse frente a mí. “Mi vida, ¿y se puede saber que tanto escribe?”. “Sí, claro, con gusto”. Entonces elijo un poema, uno que según yo mata por impacto. Tomo aire, me inspiro, guardo silencio y leo con el alma vibrando. Listo. La miro y dejo que reaccione con libertad. “Oiga, usted debe ser un buen abogado”, me comenta. “¿Lo dice por mi prosa?”. “No, por su corbata”. Se voltea y se va. Al rato regresa trayendo la cuenta que le he pedido. Me cobra el consumo por un mate de hierbas y un trozo de torta de trufa. Me percato de la incongruencia entre lo tomado y lo cobrado. Estoico, pago lo que me dice y me retiro. “Gracias, tesoro. Que tenga un feliz día”. Está claro: mi poema fue a morir al tacho de indiferencia. Frustrado y cabizbajo, camino de regreso a la oficina. Desde la gloria, Bolaño, extasiado, susurra “Este cuadro es un poema en sí. Notable.” Y arrojando el pucho al suelo, lo pisa con suavidad, haciendo caer las cenizas sobre mi cabeza.
sábado, 14 de diciembre de 2024
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Santiago de Chile arde en diciembre. El sol derrite la ilusión de una navidad fría y nevada. Sudando y con una botella de agua en las manos, Gabriel recorre las calles del centro. Su misión es dar con ella cueste lo que cueste. Y sí que le está costando. Aun siendo un ángel, con esto de bajar a la tierra y confundirse con los mortales (vistiendo, como ellos, jeans y zapatillas), le está impedido usar sus capacidades sobrenaturales. Así que, al menos mientras ande por aquí, no será omnisciente y, por el contrario, tendrá que averiguar y confiar en los datos que los transeúntes le vayan dando. Y ahí va Gabriel, camina, corre, se agita y descansa. Consulta su reloj: la hora avanza y él sigue sin dar con ella. Teme regresar a la gloria con la mala noticia de que no logró su cometido. Se cruza con perros llenos de pulgas, se abre paso entre charlatanes que venden lo imposible y se detiene a observar escenas que llaman su atención: una madre amamantando a su bebé mientras habla por teléfono, un inmigrante preguntándole a un carabinero cómo llegar a Extranjería y un pato malo aprontándose a darle el zarpazo a una abuela que -demasiado cansada- deja sus bolsas en el suelo. De pronto, Gabriel advierte que se ha distraído y vuelve a concentrarse. Por fin llega al sitio del suceso: un conventillo oscuro e insalubre. Camina por los pasillos e ingresa a la última habitación. Resiente la humedad y pasa por alto el hedor del ambiente. Allí, sobre la cama, sola y asustada, se halla la chica que busca. La encuentra llorando con sus dos manos sobre el vientre abultado. “María, no temas. El Señor estará contigo”, le dice Gabriel antes de abrir sus alas y desaparecer. Ella sonríe.
martes, 14 de mayo de 2024
Entropía
El jurista se cranea. Duerme mal y come peor. Intenta descifrar la medida del desorden que habita dentro del sistema jurídico. Afuera brilla el sol, mientras él, en un gélido despacho, se interroga -sumergido entre leyes y sentencias- si acaso las normas punitivas tienen mayor o menor entropía que los ideales constitucionales que circulan libres y desordenados en la Carta Fundamental. Ésta se le antoja esquiva como un gas, mientras que aquellas (ordenadas de forma regular dentro del Código Penal), sólidas como cristal. De pronto, un gorrión se estrella contra la ventana. ¡Eureka! Ahora entiende: sólo está dando coces contra el aguijón.
viernes, 10 de mayo de 2024
Serendípico
Soñaba ser poeta. Pero la tradición familiar fue implacable. Se matriculó (¿lo matricularon?) en la Facultad de Ingeniería. Se graduó con una tesis sobre los números imaginarios. Lo premiaron por su estilo (“Jamás un matemático escribió así”, sentenció el jurado). Al tiempo, por error, timbró el número de la oficina equivocada. Se presentó ante la mujer que le abrió la puerta. Sin esperar que le dieran la palabra, explicó porqué quería trabajar. Ella, extasiada, lo escuchó derritiéndose por lo grave de su voz. Se contemplaron en silencio. Luego, estallaron las carcajadas. No consiguió trabajo, pero ahorran para irse juntos a París.
domingo, 17 de marzo de 2024
Entre confesiones y confusiones
Hay quien escogió su carrera por vocación. Yo, por equivocación. No tuve un despegue meteórico (aunque supe de meteorismo por el estrés de los exámenes parciales). Hubo algunos que egresaron summa cum laude. Mi salida, a lo Juan Luis Guerra, fue con summa dificultad. Mi ingreso al mercado laboral ocurrió como un parto en medianoche, en los pasillos de una casa abandonada, sin agua ni electricidad y, encima, de madre primeriza pariendo trillizos en día de tormenta. Mi primer sueldo no fue indigno, pues no tuvo siquiera el mérito de llamarse sueldo: me ofrecieron trabajar al cateo de la laucha. Alejado de los salones y las luces, aprendí el oficio en la calle (instalé mi carrito en la intersección de dos avenidas principales bien alumbradas). Rodeado de perros, supe de pulgas y garrapatas. Rodeado de policías, supe de razias y sinrazones. Sobreviví contento (como gato lamiendo un tarro de atún) y mantuve un buen estado físico (corriendo como guepardo nunca fui detenido). Con el paso feroz de los años, envejecí y perdí la ferocidad. Hoy, rodeado de ancianos hambrientos de aventuras, me preguntan cuál fue mi mejor número. Mirando llover tras la ventana del asilo, contesto cual John Nash: mis favoritos siempre fueron los números imaginarios.
[Anónimo]
sábado, 16 de marzo de 2024
Individuos 19-5
Llevan más de 50 años juntos. Entre pestes y guerras, respiran todavía. Don 19-5 conoció a doña 19-5 a dos cuadras del lugar donde ahora viven. De niños fueron vecinos, en la escuela se hicieron amigos, en un banco de plaza se enamoraron y apenas lograron su autonomía, celebraron matrimonio. A los años llegaron los hijos y, con el correr del tiempo, los hijos se fueron. El par de viejos resintió la soledad. Saben que el mundo ha cambiado desde cuando nacieron. Pero viven sin comprender la magnitud de las mutaciones. Seis meses atrás llegó al barrio un joven que, cuando los vio cargar a duras penas las bolsas del mercado, se ofreció a ayudarles hasta la puerta de la casa. Se lo agradecieron. Lo invitaron a pasar y le ofrecieron un vaso de agua. Mientras bebía, el muchacho recorrió con la vista cada rincón del hogar. Al retirarse les dijo que contaran con él cuando lo necesitaran. Los viejos se emocionaron ante tamaña bondad. Semanas después el joven vuelve a entrar a la vivienda de los dinosaurios. En un instante pide permiso para ir al baño y, luego, antes de salir, se ofrece a llevar su vaso vacío hasta la cocina. Los veteranos lo dejan moverse con libertad. Confían en él. Y así pasan los días. Los abuelos duermen, despiertan, se visten, se desvisten, riegan sus plantas, preparan sus comidas, barren el suelo, leen en voz alta, ríen y lloran, y con cierta frecuencia, se toman de las manos, se acarician y, al ritmo de los boleros que hacen sonar, bailan pegados. Cada acción, reposo, palabra o silencio que ellos protagonizan es transmitida en tiempo real por la nanotecnología instalada en el baño y la cocina. El muchacho que lo hizo goza a costa de lo que ve. Selecciona las escenas que más le gustan, las edita, las musicaliza y, por las noches, sin falta, las difunde por las redes sociales. Le ha ido bien con su negocio: ha ganado sus primeros dólares y su audiencia crece de forma exponencial.
miércoles, 6 de marzo de 2024
Individua 19-4
Individua 19-4 vive en la última casa del barrio. La última que va quedando. Ahora, a su alrededor, se levantan torres que tocan las nubes. Cuando sale al patio a regar sus plantas, mira hacia arriba. Le resulta imposible contar desde cuántas las ventanas la están mirando. ¿Vida privada? Difícil, a menos que se refugie dentro de las murallas de su hogar. Salir al patio es exponerse, en un escenario abierto, ante un público insaciable que nunca se cansa de ver. Teléfonos móviles, drones y catalejos se entrometen en su intimidad sin pedirle permiso ni disculpas. La honra de Individua 19-4 es puesta a prueba cuando se desplaza por su jardín. A diario sus piernas recorren una pasarela rodeada de ojos y cámaras. Su fama y reputación se hallan en juego cuando se agacha para recoger las fecas de su perro, colgar su ropa interior o cuando sus manos recorren su cuerpo para rascarse la parte que le pique. Estando en su vergel, sus datos personales se exponen con transparencia: estado civil, número de hijos, capacidad patrimonial. Teme besar y ser besada entre sus rosaledas. Y ya pocas ganas le quedan de tomar el sol acostada sobre una toalla. Más de un telescopio ha mostrado interés en investigar el color del lunar que luce en su nalga derecha. No puede más. Mañana aceptará la oferta de la inmobiliaria.
lunes, 4 de marzo de 2024
Individuo 19-3
Sentado en el banquillo, Individuo 19-3 guarda silencio. No calla por estrategia. Calla porque no comprende el sentido de lo que sucede. Quien habla por él es el chaleco amarillo que viste sobre su ropa. Con letras grandes, en mayúscula y estampadas en negro, se aprecia, en el pecho y en la espalda, la leyenda I-M-P-U-T-A-D-O. Sus manos engrilladas le dificultan rascarse la cabeza. La jueza le concede un minuto para conversar con su defensora. Así lo hace. Queda peor. La letrada es experta en jerigonza. “Soy clara, ¿verdad?”– le consulta al verlo confundido. Individuo 19-3 se sincera y admite que ignora por qué lo persiguen. “Mire, lo que pasa es esto…”, responde la abogada y al instante inicia -sin respirar ni tragar saliva- una relación de fechas, nombres y lugares que a su defendido le dicen nada. “¿Ahora sí? Me sigue, ¿no’cierto?” – lo interroga al terminar su perorata. El sujeto, perplejo, la mira con ojos grandes. ¿Qué gana con decir que no comprende? Seguro le repetirán el mismo mensaje encriptado y con mayor volumen (como si fuera sordo). Por la sala se expande el hedor que expele el cuerpo del imputado. El olfato de los intervinientes sufre la ausencia de agua y jabón. Las narices votan por presumir de derecho la responsabilidad penal del hediondo. La fiscalía pide su prisión preventiva. “Y lo hago en base a los siguientes antecedentes, Señoría”, afirma la representante del Ministerio Público. Y se luce. Sabe que la prensa registra su imagen y discurso en grabaciones de alta fidelidad. “Aquí se observa una huella de zapato que bien podría corresponder al imputado”, y con su dedo apunta a ese campesino esposado que de niño calza sandalias. “Aquí se muestra, por la espalda, una larga caballera que bien podría ser la del fugitivo. Señoría, lo sé: si ahora él luce el pelo corto, sepa que lo hace para burlar la acción de la justicia”, continúa la persecutora. “Y en esta fotografía se aprecia la mano tatuada del autor de la agresión. Usía, también lo sé: el hecho de que ahora sus manos estén limpias no anula la posibilidad de que esos tatuajes hayan sido temporales y usados para confundir”. La jueza oye, mira el techo, suspira y decreta un receso. Al regresar, de plano sentencia: “Por estimarlo un peligro social, se ordena la prisión preventiva del imputado”. El hombre no se inmuta. Permanece entero. ¿Será estoicismo? No, es ignorancia. Desconoce que la privación de libertad recién comunicada será la suya. Ni sospecha que ese día no regresará a su casa, no comerá en su mesa ni dormirá en su cama. Más tarde, enjaulado en una celda, se preguntará por qué.
viernes, 1 de marzo de 2024
Individua 19-2
Individua 19-2 se mira al espejo. Contempla su imagen en silencio. El reflejo le devuelve una docena de diferencias que la distinguen entre sus pares (a veces se siente irreconocible dentro de su especie). Y cuando conversa con los otros (los más próximos y los más lejanos) comprueba que no son iguales. Ella no ha degustado manjares, habla sólo su lengua materna y de los países del mundo conoce sus banderas y capitales gracias a sus lecturas de atlas y almanaques recogidos en librerías de segunda mano. Cuentan que dicen que los abuelos de sus abuelos llegaron hasta aquí esperando vivir sin cadenas. Fueron oleadas de cientos los que -por esos años- inmigraron anhelando poner un pie en esta tierra para ser libres. Hombres y mujeres por igual. Lo que vino después es un conjunto de ensayos -leyes y autoridades de por medio- para generar un espacio sin arbitrariedades. Hubo veces cuando pasó hambre (en especial esos días cuando el menú incluía la misma ración para todos. Se convenció que el recibir idéntica cantidad de gramos de pan que su vecino no siempre la dejaba satisfecha). Y no faltaron los momentos cuando se lamentó no saber qué hacer con los excesos que le sobraban (piensa que, si le hubieran dado menos, habría sido mejor). De noche (sea al salir de una cafetería o a solas entre los árboles del parque) disfruta observar las estrellas. Entonces imagina qué pasaría si uno trabajara de acuerdo con su capacidad y consumiera según su necesidad.
jueves, 29 de febrero de 2024
Individuo 19-1
Cuenta la leyenda que alguna vez hubo derechos. Así se lo enseñaron a Individuo 19-1 desde cuando nació. Su vida se ha escrito al desamparo de esas declaraciones que antaño se escribían en las constituciones y tratados internacionales. Aquí no hay gobierno, legislatura ni jurisdicción que vele por él. Su integridad es un asunto que sólo le importa a él y depende de él. Ya suma varias pellejerías. Ha escapado de todas. Los suyos son tiempos de guerras, pestes, incendios y terremotos. Hoy recuerda a su madre. Ella sí lo protegió cuando estaba en el vientre. El niño que fue quedó atrás. Ahora, viejo y canoso, se pregunta todavía (sin evitar el asombro) cómo zafó de la pena de muerte que una vez se dictó en su contra. Sí, era inocente. Aun así, su hoja en blanco no impidió que fuera sometido a un proceso que -no tiene sentido ocultarlo- incluyó la aplicación de tormentos. (Claro: las autoridades, a oscuras, decidieron que a golpes se le ablandaría la lengua o, por lo menos, le refrescarían la memoria). Mas nada detiene a Individuo 19-1. Dando sus últimos pasos sobre el planeta (¡vivo todavía!), debe cuidarse de su nueva amenaza. Hay un grupo de científicos y tecnólogos que hace rato se lo quieren servir. Necesitan adormecerlo -con unos minutos bastará, le dicen con persuasión- para extraer de su cuerpo un pelo, una gota de sangre, algo de saliva y una mínima muestra de semen. El juego es sin reglas. Los requisitos y condiciones las imponen aquellos que lo buscan día y noche. Son sabuesos feroces que no saben de restricciones. Con tal de experimentar, todo vale. Esta mañana Individuo 19-1 intuye que su actividad cerebral (en concreto: la información que de ella proviene) son datos valiosos que alguien apetece. Tanto así que le han puesto precio a su cabeza. Y esto en el más literal de los sentidos.
viernes, 23 de febrero de 2024
Calificación
Ella enseña derecho penal. Dicta el curso desde cuando se divorció de su primer marido (un infiel reincidente). Lo suyo ha sido desde siempre pensar los límites posibles de la libertad. “Vivimos en medio de prohibiciones y castigos”, suele decirles a sus estudiantes. Para cuando experimentó el divorcio de su segundo marido (un mitómano incurable) ya eran varias las generaciones de alumnos formados bajo su instrucción. Los golpes existenciales no le robaron la alegría de vivir. Sigue gozando del humor, leyendo novelas y disfrutando los tragos dulces. Avanzó sola criando a sus dos hijos, hoy adolescentes, junto a un par de gatos recogidos de la calle. Por las mañanas y las tardes, entre la casa y la oficina, defiende a sus representados, comparece a las audiencias, presenta sus querellas y, en ocasiones, acude a la cárcel a visitar a sus condenados. Tiene aguante, en especial cuando por las noches llega a la facultad para impartir su cátedra. Hoy debe tomar exámenes. El curso tiembla. Llama a Aurelio Zúñiga, el último de la lista. A juzgar por sus respuestas, amerita ser reprobado (está confundido). Ella lo mira: observa sus canas, ojeras y manos engrasadas. Lo comprende. Sonriendo le dice: “Aprobado, Zúñiga”.
Nota: relato ganador (primer lugar)
del “Primer concurso de cuentos” organizado en 2023 por la UNIACC (Universidad
de Artes, Ciencias y Comunicación, Santiago de Chile). Cfr.: https://www.uniacc.cl/conoce-los-ganadores-del-primer-concurso-de-cuentos-uniacc/
lunes, 12 de febrero de 2024
Gigantes
Hércules, Titán y Goliat son tres perros diminutos. En términos de seguridad pública su aporte es nulo. La vecina de arriba informa -con un nudo en la garganta- que los cogoteros están desatados y roban en cada esquina. Con los índices de delincuencia encumbrándose a cimas impensadas, y el miedo colectivo colándose por rendijas, puertas y ventanas, nadie comprende a qué llegó el triunvirato canino. Sus ladridos no espantan a los ladrones. Sus cuatro patas -demasiado cortas- les impiden perseguir a los asaltantes. Y su poca carne no sirve siquiera de piedra de tropiezo para que caiga un fugitivo de la justicia. Ni en sus mejores sueños estos pequeños animales protagonizarían un acto heroico como aquel que le valió la gloria -años atrás- al recordado Gladiador[*]. La abuela del departamento del frente (terrorista, como ninguna, de la higiene y la limpieza) ha sentenciado que las tres mascotas no son más que un soporte de pulgas. Y el administrador del edificio lamenta sus existencias cuando se cruza con ellos en las escaleras (“parecen lauchas y asustan a los ancianos distraídos”). Así, cada día que amanece nadie agradece que estos tres peludos sigan vivos. Excepto su dueña. Es una chica que dos o tres veces por mes sufre una crisis de pánico. Para salir a flote -ella lo sabe por experiencia- basta sentir la lengua de sus perros secándole las lágrimas.
jueves, 8 de febrero de 2024
¡Secuestrado! (5 y final)
Temístocles Soto despertó. Sobresaltado y sudado, supo que Basorexia era fruto de su afiebrada imaginación. Qué vergüenza: éste sería uno de esos sueños que jamás podría contar a viva voz. Si lo hacía, con seguridad le preguntarían de cuál estaba fumando. Pero nada fue en vano. Soto se levantó decidido a pelear por su libertad. Y a partir de este momento todo se vuelve tan difuso como indemostrable. Unos afirman que el profesor recuperó su libertad el fin de semana inmediato a su captura (los raptores habrían respetado el pacto y, superada la ignorancia ortográfica y gramatical que motivó su secuestro, lo enviaron de regreso a su domicilio a bordo de un Uber que, cada tres cuadras, iba repartiendo pizzas y comida china). [Nota 1 del editor: en estos tiempos hay que celebrar los oficios multifuncionales]. Otros aseguran que Soto escapó de su encierro tras aplicar su golpe maestro: disertó ante los plagiadores las reglas de acentuación de las palabras españolas. Sus oyentes primero se aburrieron y luego se durmieron (con ronquidos profundos y derrame de saliva), oportunidad que Soto supo aprovechar. Sea como sea, Temístocles -según cuenta la leyenda- volvió a pasear a su perra por las plazas del barrio y a sufrir los rasguños de su gato en horas de la madrugada. ¿Qué vino después? No se sabe. [Nota 2 del editor: desocupado lector, agradezca y valore la honestidad de esta casa editorial en vez de molestarse por contarle a medias una historia confusa]. Hay quienes afirman que Soto sabiéndose de nuevo un hombre libre acudió a visitar a la célibe maestra de religión. Ella apreció las rosas, los chocolates y el oso de peluche que él le obsequió, pero, por enésima vez, rechazó su amor. Eso sí, le regaló su Biblia personal (“la misma que leo cada mañana, Temístocles de mi corazón”). Soto, herido, pero no derrumbado, habría optado por viajar al extranjero a probar suerte. Dicen que ofició al interior de las cárceles como instructor de ortografía y gramática española. Al juzgar por sus resultados tuvo éxito: una docena de expresidiarios llegaron a ocupar puestos de alta gerencia en sociedades anónimas transnacionales. [Nota 3 del editor: ¡nadie sabe para quién trabaja!]. Que se dejó crecer el pelo y la barba. Que se volvió vegano. Que publicó un manual para enseñar que la letra S al final de las palabras debe leerse y pronunciarse, pues -igual que la H- “la S también existe e importa”. [Nota 4 del editor: este libro fue censurado en Chile, purgado de todas las bibliotecas públicas y no se le puede hallar siquiera en versión fotocopiada]. Si alguna vez se casó o tuvo hijos; si se reencontró en sueños con Basorexia; si regresó a su metro cuadrado o siempre vagó por la tierra; si se transportaba a pie, en barco o en avión; son preguntas ante las cuales sólo toca especular. El último reporte -no verificable- lo situaba sentado debajo de un árbol leyendo, mientras sonreía, un verso joánico: “En el principio era el Verbo… y el Verbo se hizo carne”.
miércoles, 7 de febrero de 2024
¡Secuestrado! (4)
Temístocles Soto reposa su cabeza sobre sendos pechos de mujer. En un lenguaje sin palabras dialoga con ella. Disfruta del momento. “¿Quién eres?”, pregunta el profesor. “¿Para qué quieres saberlo?”, le contesta la dueña de esas manos que ahora lo acarician. “Al menos dime entonces a qué has venido”, replica él.
-
Vengo a liberarte.
-
Pero no me iré contigo hasta siquiera saber cómo
te llamas.
-
¡Adivínelo, profesor!
-
Sólo si me das unas pistas.
-
En mí reposa la fuerza de Débora. [Nota 1 del
editor: alude a la jueza del antiguo Israel, en los años previos a las
monarquías de Saúl, David y Salomón].
-
¡Chanfle! Quedé igual. No, aún peor. [Nota 2 del
editor: la casa editorial no responde por la ignorancia bíblica del
protagonista. Se le hizo ver este defecto al autor, pero en vez de pulirlo
insistió en publicarlo].
-
En mí habita la valentía de Ester. [Nota 3 del editor:
se alude a Hadasa, la hebrea, quien, intrigas de palacio y concurso de belleza de
por medio, llegó reinar un imperio que abarcó desde la India hasta Etiopía].
-
¡Diantre! Me hundo más y más en la intriga.
[Nota 4 del editor: ¡Ay, Soto! ¡El siguiente, por favor!].
-
Soy una hija de Eva con tantas agallas para
nadar contra corriente como Rut la moabita. [Nota 5 del editor: mujer
extranjera que venciendo el dolor de la viudez dejó su tierra natal para probar
suerte como allegada en Israel. Triunfó].
-
Hermosa desconocida, me la haces difícil. Sólo
sé que te admiro, aunque seas más compleja que la conjugación condicional
compuesta del verbo haber.
-
No temas, hombre de barro. Nada más entrégate a
mi calor mientras esté contigo.
-
¿No serás Juana de Arco?
-
No, pero basta ya. ¡Levántate y sígueme! Mira
que tus captores han despertado y vienen por ti.
Soto corre tras la estela de su heroína. Ella, veloz y
siempre por delante, grita hacia atrás: “¡Llámame por mi nombre de guerra: Basorexia!”
Y así, urgidos por la prisa, montan un corcel. La bestia, negra como la noche,
se levanta sobre sus dos patas traseras. “¡Agárrate fuerte de mi cintura!”, le
instruye con seriedad su redentora. A corta distancia la cuadrilla de
plagiadores los persigue, cada uno conduciendo una cuadrimoto. Se aprestan a
abrir fuego, pero antes Basorexia alza la voz con fuerza de catarata:
“¡Agáchate, Soto! ¡Voy a disparar!” Y se contornea con agilidad felina. Una
tras otra lanza cuatro flechas encendidas y las cuatro dan al blanco. Los
plagiadores caen al suelo y ruedan como barriles cerro abajo. Un kilómetro más
allá, extinguido el peligro, Basorexia desmonta del caballo e invita a Soto
para que haga lo mismo. Juntos suben caminando el sendero de una colina. Llegan
a un plano, un auténtico mirador natural. Contemplan el valle con las primeras
luces del amanecer. Temístocles se acerca para fundirse con ella en un abrazo. Al
instante Basorexia se evapora. Soto, en soledad, espera la salida del sol.
martes, 6 de febrero de 2024
¡Secuestrado! (3)
Temístocles Soto está agotado. Sus estudiantes (violadores ortográficos por naturaleza y vocación) casi le colman la paciencia. Gastó 45 minutos en explicarles que la H se escribe, aunque no se pronuncie. Los secuestradores no le creen. Sospechan que el profesor los está timando. Sólo comenzaron a convencerse cuando Soto abrió el Diccionario y leyó, una por una, las decenas de palabras allí registradas. “Ya, profe, está güeno. Déjelo ahí, nomá. No le ponga tanto, tampoco. Mire que no somos tan brutos”, afirmó el sujeto de voz gutural. Al instante le entregan una copia impresa del MAPC (Manual Autogestionado del Plagiador Criollo). Soto, con un lápiz rojo en la mano, detecta los errores atingentes a la letra H: “¡Oy termina la oferta!”, “¡Aora o nunca!”, “Ola, le abla el gerente”, “Ay que transferir a esta cuenta”. Los captores advierten que las pifias abundan. Esto les tomará más tiempo de lo que pensaban. Pero son empeñosos y tienen ánimo. Manos a la obra: hoy mismo van a lanzar la versión corregida y actualizada del MAPC. [Nota del editor: esta prestigiosa casa editorial nada sabe ni tiene que ver con el mentado MAPC]. En paralelo, y al otro extremo de la ciudad, se encuentra la profesora de religión a quien Temístocles ama en secreto. Ella, ignorante de los hechos, lee su Biblia. Sus ojos recorren las páginas del Éxodo. Se emociona con Moisés, miles de años atrás, confrontando al faraón y abogando por la libertad de los esclavos. Su corazón se inflama. Comienza a orar al Señor a favor de los oprimidos de la tierra. La nostalgia la lleva a revivir su ciclo de estudios teológicos en Centro América. Partió para allá cuando era jovencita. Se matriculó en un ciclo intitulado “Relecturas bíblicas: del dicho al hecho”. Aprendió la diferencia entre ortodoxia y ortopraxis. Disfrutó el programa: “Éxodo: ¡una vida sin cadenas!”, “Amós: ¡denunciando la corrupción!”, “Cantares: ¡el gozo de la carne!” y “Santiago: ¡contra los ricos opresores!” Además, tonificó su cuerpo y ganó elasticidad gracias a los talleres de “Combate subversivo” y “Guerrilla urbana”. A su regreso al país, al sur del mundo, ella era temida, deseada y admirada por los feligreses de su comunidad. Mas, fiel a su promesa de celibato, rechazó todas las declaraciones románticas que recibía cada vez que ministraba a los necesitados. Visitaba las cárceles y los hospitales y, sin saberlo, iba rompiendo los corazones de los presos y enfermos a quienes prodigaba una palabra de esperanza. Y esta noche, la maestra se enfoca en clamar por todo aquel que ha perdido su libertad. En el trono celestial el Señor reconoce la voz de su hija. El Soberano del Universo atiende el ruego y llama a su presencia a uno de sus ángeles más incondicionales. “Gabriel[1], vete ahora mismo a cuidar a Temístocles Soto. Dale consuelo, refresca su espíritu y regálale un sueño donde su amada profesora sea la protagonista. Sorpréndeme, Gabriel”. Al toque, el plumado asistente cruza el cosmos. Llega al lado de Soto. El maestro, roncando entre sus captores, empieza a soñar.
Terrorista
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