jueves, 19 de junio de 2025

Terrorista

La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre gatos muertos, paredes ensangrentadas y cadáveres escondidos. Iba al cine con frecuencia y veía la cartelera completa de vampiros, fantasmas y fenómenos paranormales. Hablar con ella era para quedar electrizado. Topársela en el metro o caminar unas cuadras a su lado era garantía de pesadilla nocturna. Sus conversaciones giraban alrededor de misterios imposibles de resolver con la razón. Pero al mismo tiempo ella era suave como algodón de azúcar: sus modos, frágiles; su voz, tierna; y su estructura corporal, ligera como pichón. Yo la contemplaba a la distancia y disfrutaba estando en su compañía. De a poco me enamoré. Mas apenas la oía hablar, comenzaba a temblar presa del pánico. Escucharla relatar lo que fuera (el paseo diario con su perro, el frío del invierno en las calles de Santiago o la última derrota de nuestra selección) me escarpiaba la columna. Cada vez que la dejaba en la puerta de su casa y regresaba a la mía me sentía perseguido por un monstruo deseoso de devorarme las tripas y triturarme los huesos. El día cuando le declaré mi amor en un banco de la Plaza de Armas, me pidió permiso para ir a buscar fuego y encender un cigarro. “¡Pero si tú no fumas!”, reclamé con asombro. “Hoy puedo aprender”, me dijo tímida y sonriente, mientras se alejaba de mí. Su silueta se hizo pequeña bajo las sombras de los árboles y, entre tanto transeúnte suelto, no pude seguirla con la vista. A 20 años de ese día aún me pregunto dónde está.

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