jueves, 29 de febrero de 2024

Individuo 19-1

Cuenta la leyenda que alguna vez hubo derechos. Así se lo enseñaron a Individuo 19-1 desde cuando nació. Su vida se ha escrito al desamparo de esas declaraciones que antaño se escribían en las constituciones y tratados internacionales. Aquí no hay gobierno, legislatura ni jurisdicción que vele por él. Su integridad es un asunto que sólo le importa a él y depende de él. Ya suma varias pellejerías. Ha escapado de todas. Los suyos son tiempos de guerras, pestes, incendios y terremotos. Hoy recuerda a su madre. Ella sí lo protegió cuando estaba en el vientre. El niño que fue quedó atrás. Ahora, viejo y canoso, se pregunta todavía (sin evitar el asombro) cómo zafó de la pena de muerte que una vez se dictó en su contra. Sí, era inocente. Aun así, su hoja en blanco no impidió que fuera sometido a un proceso que -no tiene sentido ocultarlo- incluyó la aplicación de tormentos. (Claro: las autoridades, a oscuras, decidieron que a golpes se le ablandaría la lengua o, por lo menos, le refrescarían la memoria). Mas nada detiene a Individuo 19-1. Dando sus últimos pasos sobre el planeta (¡vivo todavía!), debe cuidarse de su nueva amenaza. Hay un grupo de científicos y tecnólogos que hace rato se lo quieren servir. Necesitan adormecerlo -con unos minutos bastará, le dicen con persuasión- para extraer de su cuerpo un pelo, una gota de sangre, algo de saliva y una mínima muestra de semen. El juego es sin reglas. Los requisitos y condiciones las imponen aquellos que lo buscan día y noche. Son sabuesos feroces que no saben de restricciones. Con tal de experimentar, todo vale. Esta mañana Individuo 19-1 intuye que su actividad cerebral (en concreto: la información que de ella proviene) son datos valiosos que alguien apetece. Tanto así que le han puesto precio a su cabeza. Y esto en el más literal de los sentidos.

 

viernes, 23 de febrero de 2024

Calificación

Ella enseña derecho penal. Dicta el curso desde cuando se divorció de su primer marido (un infiel reincidente). Lo suyo ha sido desde siempre pensar los límites posibles de la libertad. “Vivimos en medio de prohibiciones y castigos”, suele decirles a sus estudiantes. Para cuando experimentó el divorcio de su segundo marido (un mitómano incurable) ya eran varias las generaciones de alumnos formados bajo su instrucción. Los golpes existenciales no le robaron la alegría de vivir. Sigue gozando del humor, leyendo novelas y disfrutando los tragos dulces. Avanzó sola criando a sus dos hijos, hoy adolescentes, junto a un par de gatos recogidos de la calle. Por las mañanas y las tardes, entre la casa y la oficina, defiende a sus representados, comparece a las audiencias, presenta sus querellas y, en ocasiones, acude a la cárcel a visitar a sus condenados. Tiene aguante, en especial cuando por las noches llega a la facultad para impartir su cátedra. Hoy debe tomar exámenes. El curso tiembla. Llama a Aurelio Zúñiga, el último de la lista. A juzgar por sus respuestas, amerita ser reprobado (está confundido). Ella lo mira: observa sus canas, ojeras y manos engrasadas. Lo comprende. Sonriendo le dice: “Aprobado, Zúñiga”.  

Nota: relato ganador (primer lugar) del “Primer concurso de cuentos” organizado en 2023 por la UNIACC (Universidad de Artes, Ciencias y Comunicación, Santiago de Chile). Cfr.: https://www.uniacc.cl/conoce-los-ganadores-del-primer-concurso-de-cuentos-uniacc/

 

lunes, 12 de febrero de 2024

Gigantes

Hércules, Titán y Goliat son tres perros diminutos. En términos de seguridad pública su aporte es nulo. La vecina de arriba informa -con un nudo en la garganta- que los cogoteros están desatados y roban en cada esquina. Con los índices de delincuencia encumbrándose a cimas impensadas, y el miedo colectivo colándose por rendijas, puertas y ventanas, nadie comprende a qué llegó el triunvirato canino. Sus ladridos no espantan a los ladrones. Sus cuatro patas -demasiado cortas- les impiden perseguir a los asaltantes. Y su poca carne no sirve siquiera de piedra de tropiezo para que caiga un fugitivo de la justicia. Ni en sus mejores sueños estos pequeños animales protagonizarían un acto heroico como aquel que le valió la gloria -años atrás- al recordado Gladiador[*]. La abuela del departamento del frente (terrorista, como ninguna, de la higiene y la limpieza) ha sentenciado que las tres mascotas no son más que un soporte de pulgas. Y el administrador del edificio lamenta sus existencias cuando se cruza con ellos en las escaleras (“parecen lauchas y asustan a los ancianos distraídos”). Así, cada día que amanece nadie agradece que estos tres peludos sigan vivos. Excepto su dueña. Es una chica que dos o tres veces por mes sufre una crisis de pánico. Para salir a flote -ella lo sabe por experiencia- basta sentir la lengua de sus perros secándole las lágrimas.  

jueves, 8 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (5 y final)

Temístocles Soto despertó. Sobresaltado y sudado, supo que Basorexia era fruto de su afiebrada imaginación. Qué vergüenza: éste sería uno de esos sueños que jamás podría contar a viva voz. Si lo hacía, con seguridad le preguntarían de cuál estaba fumando. Pero nada fue en vano. Soto se levantó decidido a pelear por su libertad. Y a partir de este momento todo se vuelve tan difuso como indemostrable. Unos afirman que el profesor recuperó su libertad el fin de semana inmediato a su captura (los raptores habrían respetado el pacto y, superada la ignorancia ortográfica y gramatical que motivó su secuestro, lo enviaron de regreso a su domicilio a bordo de un Uber que, cada tres cuadras, iba repartiendo pizzas y comida china). [Nota 1 del editor: en estos tiempos hay que celebrar los oficios multifuncionales]. Otros aseguran que Soto escapó de su encierro tras aplicar su golpe maestro: disertó ante los plagiadores las reglas de acentuación de las palabras españolas. Sus oyentes primero se aburrieron y luego se durmieron (con ronquidos profundos y derrame de saliva), oportunidad que Soto supo aprovechar. Sea como sea, Temístocles -según cuenta la leyenda- volvió a pasear a su perra por las plazas del barrio y a sufrir los rasguños de su gato en horas de la madrugada. ¿Qué vino después? No se sabe. [Nota 2 del editor: desocupado lector, agradezca y valore la honestidad de esta casa editorial en vez de molestarse por contarle a medias una historia confusa]. Hay quienes afirman que Soto sabiéndose de nuevo un hombre libre acudió a visitar a la célibe maestra de religión. Ella apreció las rosas, los chocolates y el oso de peluche que él le obsequió, pero, por enésima vez, rechazó su amor. Eso sí, le regaló su Biblia personal (“la misma que leo cada mañana, Temístocles de mi corazón”). Soto, herido, pero no derrumbado, habría optado por viajar al extranjero a probar suerte. Dicen que ofició al interior de las cárceles como instructor de ortografía y gramática española. Al juzgar por sus resultados tuvo éxito: una docena de expresidiarios llegaron a ocupar puestos de alta gerencia en sociedades anónimas transnacionales. [Nota 3 del editor: ¡nadie sabe para quién trabaja!]. Que se dejó crecer el pelo y la barba. Que se volvió vegano. Que publicó un manual para enseñar que la letra S al final de las palabras debe leerse y pronunciarse, pues -igual que la H- “la S también existe e importa”. [Nota 4 del editor: este libro fue censurado en Chile, purgado de todas las bibliotecas públicas y no se le puede hallar siquiera en versión fotocopiada]. Si alguna vez se casó o tuvo hijos; si se reencontró en sueños con Basorexia; si regresó a su metro cuadrado o siempre vagó por la tierra; si se transportaba a pie, en barco o en avión; son preguntas ante las cuales sólo toca especular. El último reporte -no verificable- lo situaba sentado debajo de un árbol leyendo, mientras sonreía, un verso joánico: “En el principio era el Verbo… y el Verbo se hizo carne”.

miércoles, 7 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (4)

Temístocles Soto reposa su cabeza sobre sendos pechos de mujer. En un lenguaje sin palabras dialoga con ella. Disfruta del momento. “¿Quién eres?”, pregunta el profesor. “¿Para qué quieres saberlo?”, le contesta la dueña de esas manos que ahora lo acarician. “Al menos dime entonces a qué has venido”, replica él.

-          Vengo a liberarte.

-          Pero no me iré contigo hasta siquiera saber cómo te llamas.

-          ¡Adivínelo, profesor!

-          Sólo si me das unas pistas.

-          En mí reposa la fuerza de Débora. [Nota 1 del editor: alude a la jueza del antiguo Israel, en los años previos a las monarquías de Saúl, David y Salomón].

-          ¡Chanfle! Quedé igual. No, aún peor. [Nota 2 del editor: la casa editorial no responde por la ignorancia bíblica del protagonista. Se le hizo ver este defecto al autor, pero en vez de pulirlo insistió en publicarlo].

-          En mí habita la valentía de Ester. [Nota 3 del editor: se alude a Hadasa, la hebrea, quien, intrigas de palacio y concurso de belleza de por medio, llegó reinar un imperio que abarcó desde la India hasta Etiopía].

-          ¡Diantre! Me hundo más y más en la intriga. [Nota 4 del editor: ¡Ay, Soto! ¡El siguiente, por favor!].

-          Soy una hija de Eva con tantas agallas para nadar contra corriente como Rut la moabita. [Nota 5 del editor: mujer extranjera que venciendo el dolor de la viudez dejó su tierra natal para probar suerte como allegada en Israel. Triunfó].

-          Hermosa desconocida, me la haces difícil. Sólo sé que te admiro, aunque seas más compleja que la conjugación condicional compuesta del verbo haber.

-          No temas, hombre de barro. Nada más entrégate a mi calor mientras esté contigo.

-          ¿No serás Juana de Arco?

-          No, pero basta ya. ¡Levántate y sígueme! Mira que tus captores han despertado y vienen por ti.

Soto corre tras la estela de su heroína. Ella, veloz y siempre por delante, grita hacia atrás: “¡Llámame por mi nombre de guerra: Basorexia!” Y así, urgidos por la prisa, montan un corcel. La bestia, negra como la noche, se levanta sobre sus dos patas traseras. “¡Agárrate fuerte de mi cintura!”, le instruye con seriedad su redentora. A corta distancia la cuadrilla de plagiadores los persigue, cada uno conduciendo una cuadrimoto. Se aprestan a abrir fuego, pero antes Basorexia alza la voz con fuerza de catarata: “¡Agáchate, Soto! ¡Voy a disparar!” Y se contornea con agilidad felina. Una tras otra lanza cuatro flechas encendidas y las cuatro dan al blanco. Los plagiadores caen al suelo y ruedan como barriles cerro abajo. Un kilómetro más allá, extinguido el peligro, Basorexia desmonta del caballo e invita a Soto para que haga lo mismo. Juntos suben caminando el sendero de una colina. Llegan a un plano, un auténtico mirador natural. Contemplan el valle con las primeras luces del amanecer. Temístocles se acerca para fundirse con ella en un abrazo. Al instante Basorexia se evapora. Soto, en soledad, espera la salida del sol. 

martes, 6 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (3)

Temístocles Soto está agotado. Sus estudiantes (violadores ortográficos por naturaleza y vocación) casi le colman la paciencia. Gastó 45 minutos en explicarles que la H se escribe, aunque no se pronuncie. Los secuestradores no le creen. Sospechan que el profesor los está timando. Sólo comenzaron a convencerse cuando Soto abrió el Diccionario y leyó, una por una, las decenas de palabras allí registradas. “Ya, profe, está güeno. Déjelo ahí, nomá. No le ponga tanto, tampoco. Mire que no somos tan brutos”, afirmó el sujeto de voz gutural. Al instante le entregan una copia impresa del MAPC (Manual Autogestionado del Plagiador Criollo). Soto, con un lápiz rojo en la mano, detecta los errores atingentes a la letra H: “¡Oy termina la oferta!”, “¡Aora o nunca!”, “Ola, le abla el gerente”, “Ay que transferir a esta cuenta”. Los captores advierten que las pifias abundan. Esto les tomará más tiempo de lo que pensaban. Pero son empeñosos y tienen ánimo. Manos a la obra: hoy mismo van a lanzar la versión corregida y actualizada del MAPC. [Nota del editor: esta prestigiosa casa editorial nada sabe ni tiene que ver con el mentado MAPC]. En paralelo, y al otro extremo de la ciudad, se encuentra la profesora de religión a quien Temístocles ama en secreto. Ella, ignorante de los hechos, lee su Biblia. Sus ojos recorren las páginas del Éxodo. Se emociona con Moisés, miles de años atrás, confrontando al faraón y abogando por la libertad de los esclavos. Su corazón se inflama. Comienza a orar al Señor a favor de los oprimidos de la tierra. La nostalgia la lleva a revivir su ciclo de estudios teológicos en Centro América. Partió para allá cuando era jovencita. Se matriculó en un ciclo intitulado “Relecturas bíblicas: del dicho al hecho”. Aprendió la diferencia entre ortodoxia y ortopraxis. Disfrutó el programa: “Éxodo: ¡una vida sin cadenas!”, “Amós: ¡denunciando la corrupción!”, “Cantares: ¡el gozo de la carne!” y “Santiago: ¡contra los ricos opresores!” Además, tonificó su cuerpo y ganó elasticidad gracias a los talleres de “Combate subversivo” y “Guerrilla urbana”. A su regreso al país, al sur del mundo, ella era temida, deseada y admirada por los feligreses de su comunidad. Mas, fiel a su promesa de celibato, rechazó todas las declaraciones románticas que recibía cada vez que ministraba a los necesitados. Visitaba las cárceles y los hospitales y, sin saberlo, iba rompiendo los corazones de los presos y enfermos a quienes prodigaba una palabra de esperanza. Y esta noche, la maestra se enfoca en clamar por todo aquel que ha perdido su libertad. En el trono celestial el Señor reconoce la voz de su hija. El Soberano del Universo atiende el ruego y llama a su presencia a uno de sus ángeles más incondicionales. “Gabriel[1], vete ahora mismo a cuidar a Temístocles Soto. Dale consuelo, refresca su espíritu y regálale un sueño donde su amada profesora sea la protagonista. Sorpréndeme, Gabriel”. Al toque, el plumado asistente cruza el cosmos. Llega al lado de Soto. El maestro, roncando entre sus captores, empieza a soñar.

lunes, 5 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (2)

 “¡Se acabó su tiempo!” Tras el grito, una mano de mujer le arrebata el crucigrama. Soto oye unos cuchicheos a sus espaldas. Están deliberando. “Les dije: el hombre es bueno”, afirmó una voz gutural. “Lo hizo a la perfección. Me gusta. Voto por él”, lo sigue una voz de tono más parlanchín. “Profesor, queda contratado”, sentencia con firmeza la voz femenina (que, sin duda, es la que comanda las acciones del grupo). Ella misma continúa: “Le daremos comida, tendrá una cama y una ducha. Nadie lo molestará. Usted sométase. El fin de semana podría regresar a su departamento. Su perra y su gato no lo echarán de menos. Los visitaremos cada día”. Temístocles Soto -el profesor de lenguaje, el maestro de niños, el amante de los libros- vive las horas más extrañas de su ordinaria existencia. Trata de entender lo incomprensible, pero se rinde y opta por dejarse llevar. “Profesor, voy al punto”, le dice al oído derecho la misma mujer que insiste en quedarse a sus espaldas. “Nuestra banda criminal atraviesa su peor momento. Necesitamos salir del hoyo. Por eso lo hemos traído”. Soto está que se ríe, pero se muerde la lengua. “Profesor, no se me haga el payaso”, le recrimina su captora. “Más le conviene escuchar y actuar”. Y sigue con su explicación. Que las estafas están siendo descubiertas con facilidad. Que la policía les ha frustrado varios engaños. Y que incluso el ciudadano corriente está detectando los fraudes y denunciándolos como cosa falsa por las redes sociales. “Así que, ahora díganos, profesor, ¿qué estamos haciendo mal?” Sin más palabras, instalan sobre el pupitre un notebook. En cuestión de segundos se despliegan frente a sus ojos una serie de pantallazos donde se lee: “Bamco Santander”, “¡Hola! Soy su nuebo ejecutibo de cuentas”, “¡Oferta inperdivle!”, “Hácete millonario”, “¡Sale a recorrer el mundo con tus miyas!” y, en fin, “En días de calor, ¡pónele color!” Soto no requiere saber más detalles. El misterio oculto ha sido revelado. “Profesor, ¡responda!: ¿en qué estamos fallando?”, le exige la voz de mando de la regenta de su libertad. “Necesito una pizarra, una caja de tizas y el Diccionario de la Lengua editado por la Real Academia Española”, se atreve a pedir Soto, temiendo que este requerimiento le cueste la vida. De nuevo, comienzan los cuchicheos por la espalda. Esta vez el debate entre los secuestradores es más intenso. “Está bien. Tendrá todo en 60 minutos. Por mientras, puede levantarse y recorrer el campo. Pero hágalo sólo en línea recta. ¡Ni se le ocurra voltear!” Soto acepta y agradece la concesión. Caminando -siempre hacia adelante- recuerda la historia bíblica que le contó su amor platónico: la esposa de Lot acabó convertida en estatua de sal por mirar atrás. A la hora, Soto está listo para impartir una clase de ortografía. “El verbo salir, en forma imperativa, se conjuga sal, no sale. Ejemplo: sal de vacaciones”. Sus estudiantes (a rostro cubierto, unos fumando, otros bebiendo, todos contentos) están maravillados. Gozan del poder de la palabra.

domingo, 4 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (1)

Temístocles Soto es profesor de lenguaje. Ama enseñar. Cientos de niños han aprendido, por él, a cultivar el español. Son décadas las que lleva dedicado a la instrucción de las normas que regulan la escritura. Ha recorrido distintos liceos y colegios en la comuna donde vive. Sus estudiantes lo quieren, pero más de uno le deseó lo peor al recibir una baja calificación. Soto es implacable con los errores de ortografía: los encierra en círculos rojos y por cada yerro reduce el puntaje. El mundo de Soto son los libros, las sopas de letras y sus clases hechas con cariño para los más pequeños. No tiene enemigos, cuentas bancarias ni acreedores (¿cómo va a tenerlos si nadie le daría un crédito?). Es un eterno enamorado de la maestra de religión, pero ella ofrendó su vida y soltería al Señor. Así, cuando esa mañana de febrero Soto camina por la calle (haciendo la misma ruta de siempre) no sospecha que los dos sujetos que lo siguen vienen por él. ¿Por qué apurar los pasos? ¿De qué temer? Con calma se detiene frente al semáforo en rojo y, sometiéndose a la ley del tránsito, espera sin apuro la luz verde para cruzar. Es el momento perfecto para sus captores: lo secuestran con facilidad. Sin gritos, sin resistencia. Lo suben a un vehículo. Adentro hay dos individuos más: uno sentado al volante y otro funge de copiloto. Todos visten de negro y cubren sus ojos con lentes oscuros. Le ponen una capucha y, aunque es innecesario, le amarran las manos. (¿De veras creen que Soto se defenderá usando su fuerza? ¿Puñetes, patadas y cabezazos? ¡Si lo único que Soto ha quebrado en su vida es la tiza que usa para escribir en la pizarra!) Piensa que esto habrá de ser una broma. ¿Qué otra cosa puede ser? ¿Quién pagaría un rescate por él? Una voz femenina (hasta entonces él ignoraba que entre sus raptores hubiera una mujer) le advierte: “Profesor, no se agite. Somos profesionales. Coopere con nosotros. No le haremos daño si usted se comporta como el caballero que es”. ¿Profesor? Sí, lo llamaron profesor. Tienen claro quién es él. “Sabemos que vive solo y que, salvo su perra y su gato, nadie notará su ausencia. Menos en vacaciones de verano”. Y el vehículo sigue circulando por las calles de la ciudad. Al rato, y luego de un prolongado silencio, Soto es consciente que están recorriendo un terreno pedregoso y sin asfalto. Comprende que han salido del radio urbano. Llegan a un lugar que, sin duda, es una zona de campo. Le quitan la capucha. “¡Pero no abra los ojos!”, le gritan. Se oyen pájaros cantar y las brisas del viento despeinan su caballera. Lo sientan en una silla. “Tiene cinco minutos para resolverlo. Ahora sí: abra los ojos”. Soto obedece a la voz femenina. Se descubre en un sitio eriazo. Los plagiadores lo rodean. Le acercan un pupitre y un lápiz. Sobre el mueble hay un crucigrama. “¡Su tiempo corre, profesor!”

 

viernes, 2 de febrero de 2024

Pasante (5 y final)

 “Me llamo Alyona”, y dicho eso acepta el café que le ofrezco. Le pregunto por qué desea hacer su pasantía en este diario y, encima, en periodismo deportivo. “Es que sólo este espacio reúne mis dos amores: las letras y el fútbol”. Y con gracia me cuenta los libros que pretende leer este verano y los goles que marcó el año pasado jugando por su equipo. Me entero así de que ama la literatura rusa (“es por mi madre, ¿sabe?”) y que ha sido -por tres años seguidos- la capitana de la selección de su facultad de periodismo. Me habla de Anna Karenina y del penal que estrelló contra el travesaño cuando disputaron la final contra la escuela de ingeniería. “Me dolió, pero he vendado mis heridas”. Es entusiasta y tiene anécdotas para arrojar a la chuña. Me recuerda mis inicios, años atrás, cuando llegué -igual que ella- buscando un lugar en este diario. Decido tantear sus habilidades con un caso ficticio. Le invento la historia de un pasante que debe ir a la cárcel a conseguir información sobre un partido jugado entre gendarmes y condenados. “Te va mal porque el funcionario de turno te niega los datos que necesitas, pero sin quererlo te encuentras con la mujer de un preso que jura poseer la verdad que buscas. Dime, ¿creerías en su palabra si no tienes otra fuente de verificación?” Alyona achina sus ojos, guarda silencio, y mira hacia una ventana. “No, no lo publicaría. Prefiero perder la noticia a ganar por chamullo”. ¡Oh! Ésta sí que no la vi venir. La contemplo con secreta admiración, pero me finjo impávido. “A ver, hablemos de otras cosas. Déjame ver tu currículum”. Leo al azar, omitiendo detalles, hasta detenerme de forma arbitraria en un punto de su historia académica. “Dice aquí que escribiste tu memoria de grado sobre El cantinfleo en América Latina. ¡Explícame eso, por favor!”. Noto que se sonroja. Mas se sobrepone, lleva su pelo hacia atrás y con voz firme me contesta: “Sí, quise investigar sobre ese hablar de manera disparatada e incongruente que de pronto se oye o se lee en la prensa. Por años me ha inquietado la capacidad de hablar mucho y sin sustancia”. Y sigue explicándome que las implicancias prácticas de su tesis apuntaban a reducir el número de sinónimos, a prescindir de los adjetivos y a limitarse a sólo un adverbio por página. “Mire, en resumen, mi tesina tenía que ver con la repugnancia de la verborrea en los medios de comunicación masiva”. Lo afirma y se calla. Estoy demolido. Me siento acusado. Pero ante todo finjo ser quien domina el momento. Me levanto y le digo: “Ven. Sígueme. Te mostraré tu lugar de trabajo y, de paso, te presentaré a tus compañeros”. Al rato, ya a solas en mi escritorio, recuerdo el titular de mi primera crónica (“¡Masacre en la prisión!”) ¿Qué será de la Rosa y el Kakuka? Me río de buena gana. Parece que Dios tiene un particular sentido del humor.

jueves, 1 de febrero de 2024

Pasante (4)

 “Me gustó tu crónica, pero…”, y sin decir más, dejó la frase flotando en el aire. Comenzó a revolver el azúcar que vertió sobre su café con leche. Distraído, y sin levantar la mirada de su taza, siguió como hablando al aire y desconectado de lo anterior: “Cuando llegué a la dirección del diario aprendí, de a poco, a descubrir diamantes en bruto”. Enfatizó con su voz el adjetivo más que el sustantivo. ¿Un insulto mal velado? Intrigado, lo escuchaba con atención sin quitarle mis ojos de encima. “Sí, en ti veo algo de potencial, pero lamento tu verborrea”. En mi mente no pude evitar que con esa palabra regresara un viejo fantasma. La primera vez que alguien me habló sobre la verborrea imaginé un diccionario con diarrea: ¡una catarata imparable de palabras! Casi se me escapa una risa, pero me mantuve firme. No iba a farrearme por un chiste la entrevista con el director del diario más leído. Este veterano me inspiraba entre reverencia y familiaridad. “Mira, voy al punto: estoy dispuesto a darte una oportunidad, pero sólo con una condición”. ¡Madre mía! Esta no me la esperaba. Estuve por decirle “Adelante, Senséi, ordene”, pero preferí mover la cabeza en aceptación. “Tendrás que someterte a una terapia de choque”, y estalló en una risotada. Quedé perplejo. Temí por un instante adentrarme en las huestes del mal. ¿Estaba negociando con un demonio? Algo aterrado abrí la boca para preguntar, con un hilo de voz: “¿Y cuál sería esa, caballero?” El hombre se levantó, volvió a ajustarse el pantalón a la cintura y, chequeando que los botones de la camisa formaran una fila perfecta, exclamó con cierto halo de misterio: “Silencio. Silencio y más silencio. Tendrás, por un tiempo, que aprender a callar”. Tal cual. En mi perplejidad me imaginé enviado a meditar a las montañas. Se lo dije. El director volvió a reír. “Nada de eso. Eres urbano. Acéptalo. No puedes renegar de esta ciudad, y menos si te da de comer. Lo tuyo será más práctico. Comenzarás desde donde estás”. Me pidió sacar mi libreta de notas. Hizo una pausa. Entonces me dictó lo que llamó tareas: “Asistir de público a tres partidos de tenis. Recorrer un templo, un museo y una biblioteca. Y sentarse por tres horas en una plaza para observar qué hacen las palomas y los perros callejeros”. Lo mejor fue la advertencia: “No te engañes y ni se te ocurra hacerme trampa. Cuando lea tu reporte las cosas caerán por su peso. Listo. Hablamos la próxima semana. Ah, y guárdate la despedida. Tu voto de silencio comenzó”. Y así, con la boca bien cerrada y cual Moisés que ha visto una zarza arder, partí mi travesía. Me picaban los labios por hablar. Me quemaban los dedos por mandar un WhatsApp. Sentí atravesado en la garganta un grito que exigía salir. Como jamás me había sucedido, ahora tenía ganas de clamar, exclamar, reclamar, proclamar. Mi verborrea estaba siendo probada. Temí morir por una sobredosis de silencio.

Terrorista

La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...