Hay quien escogió su carrera por vocación. Yo, por equivocación. No tuve un despegue meteórico (aunque supe de meteorismo por el estrés de los exámenes parciales). Hubo algunos que egresaron summa cum laude. Mi salida, a lo Juan Luis Guerra, fue con summa dificultad. Mi ingreso al mercado laboral ocurrió como un parto en medianoche, en los pasillos de una casa abandonada, sin agua ni electricidad y, encima, de madre primeriza pariendo trillizos en día de tormenta. Mi primer sueldo no fue indigno, pues no tuvo siquiera el mérito de llamarse sueldo: me ofrecieron trabajar al cateo de la laucha. Alejado de los salones y las luces, aprendí el oficio en la calle (instalé mi carrito en la intersección de dos avenidas principales bien alumbradas). Rodeado de perros, supe de pulgas y garrapatas. Rodeado de policías, supe de razias y sinrazones. Sobreviví contento (como gato lamiendo un tarro de atún) y mantuve un buen estado físico (corriendo como guepardo nunca fui detenido). Con el paso feroz de los años, envejecí y perdí la ferocidad. Hoy, rodeado de ancianos hambrientos de aventuras, me preguntan cuál fue mi mejor número. Mirando llover tras la ventana del asilo, contesto cual John Nash: mis favoritos siempre fueron los números imaginarios.
[Anónimo]
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