miércoles, 25 de diciembre de 2024

Regalos

Apenas supieron que el niño nació, llegaron uno por uno trayendo regalos. Todos lo hicieron a escondidas (¿prófugos, fugitivos?). Ella fue la primera en entregarle su obsequio: sacó de su cartera una lista de pecados inconfesables. Luego vino él: de su maleta extrajo un delito imprescriptible. Siguieron los de allá y más allá. La montaña de culpas y vergüenzas acabaron por sepultar al neo nato. Y así se fueron cada uno a lo suyo. Treinta y tres años después oyeron la noticia de una muerte de cruz y, tres días más tarde, supieron de una tumba vacía. Desde entonces siguen existiendo en paz y siempre con alegría. Esta noche se encontrarán para celebrar navidad. Recordarán -seguro- aquella primera vez cuando se conocieron allá en Belén.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Café con cuentos

Roberto Bolaño, siendo extranjero en suelo español, frecuentaba en Blanes una misma cafetería (casi a diario). Allí, el poeta chileno se sentaba a escribir, degustando un café con leche, mientras la regente del local lo tentaba ofreciéndole unos churros por mera cortesía. Esta mañana, tras salir de una frustrada audiencia de conciliación ante un juzgado civil de Santiago, acudo a refugiarme en una cafetería emulando a Bolaño. Apenas llego, una señora venezolana me acoge con una cálida bienvenida, “¿Qué le sirvo, mi corazón?”. Parco como jurista, le respondo un café con leche, por favor. “Ya se lo traigo, mi cielo”, y se va sin ofrecerme los churros de cortesía. Saco mi cuaderno y comienzo a escribir. Bolaño, desde la gloria, me mira, curioso, con un cigarro entre sus labios. Escribo y no paro de escribir. “Aquí tiene, mi corazón”, me dice la doña, tan de improviso que me asusta, y deja sobre mi mesa un té con canela. Advierto la discrepancia entre lo pedido y lo servido, pero, estoico, guardo silencio, escribo y sigo escribiendo. Al rato, ella vuelve a pararse frente a mí. “Mi vida, ¿y se puede saber que tanto escribe?”. “Sí, claro, con gusto”. Entonces elijo un poema, uno que según yo mata por impacto. Tomo aire, me inspiro, guardo silencio y leo con el alma vibrando. Listo. La miro y dejo que reaccione con libertad. “Oiga, usted debe ser un buen abogado”, me comenta. “¿Lo dice por mi prosa?”. “No, por su corbata”. Se voltea y se va. Al rato regresa trayendo la cuenta que le he pedido. Me cobra el consumo por un mate de hierbas y un trozo de torta de trufa. Me percato de la incongruencia entre lo tomado y lo cobrado. Estoico, pago lo que me dice y me retiro. “Gracias, tesoro. Que tenga un feliz día”. Está claro: mi poema fue a morir al tacho de indiferencia. Frustrado y cabizbajo, camino de regreso a la oficina. Desde la gloria, Bolaño, extasiado, susurra “Este cuadro es un poema en sí. Notable.” Y arrojando el pucho al suelo, lo pisa con suavidad, haciendo caer las cenizas sobre mi cabeza.  

sábado, 14 de diciembre de 2024

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Santiago de Chile arde en diciembre. El sol derrite la ilusión de una navidad fría y nevada. Sudando y con una botella de agua en las manos, Gabriel recorre las calles del centro. Su misión es dar con ella cueste lo que cueste. Y sí que le está costando. Aun siendo un ángel, con esto de bajar a la tierra y confundirse con los mortales (vistiendo, como ellos, jeans y zapatillas), le está impedido usar sus capacidades sobrenaturales. Así que, al menos mientras ande por aquí, no será omnisciente y, por el contrario, tendrá que averiguar y confiar en los datos que los transeúntes le vayan dando. Y ahí va Gabriel, camina, corre, se agita y descansa. Consulta su reloj: la hora avanza y él sigue sin dar con ella. Teme regresar a la gloria con la mala noticia de que no logró su cometido. Se cruza con perros llenos de pulgas, se abre paso entre charlatanes que venden lo imposible y se detiene a observar escenas que llaman su atención: una madre amamantando a su bebé mientras habla por teléfono, un inmigrante preguntándole a un carabinero cómo llegar a Extranjería y un pato malo aprontándose a darle el zarpazo a una abuela que -demasiado cansada- deja sus bolsas en el suelo. De pronto, Gabriel advierte que se ha distraído y vuelve a concentrarse. Por fin llega al sitio del suceso: un conventillo oscuro e insalubre. Camina por los pasillos e ingresa a la última habitación. Resiente la humedad y pasa por alto el hedor del ambiente. Allí, sobre la cama, sola y asustada, se halla la chica que busca. La encuentra llorando con sus dos manos sobre el vientre abultado. “María, no temas. El Señor estará contigo”, le dice Gabriel antes de abrir sus alas y desaparecer. Ella sonríe.  

Terrorista

La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...