El jurista se cranea. Duerme mal y come peor. Intenta descifrar la medida del desorden que habita dentro del sistema jurídico. Afuera brilla el sol, mientras él, en un gélido despacho, se interroga -sumergido entre leyes y sentencias- si acaso las normas punitivas tienen mayor o menor entropía que los ideales constitucionales que circulan libres y desordenados en la Carta Fundamental. Ésta se le antoja esquiva como un gas, mientras que aquellas (ordenadas de forma regular dentro del Código Penal), sólidas como cristal. De pronto, un gorrión se estrella contra la ventana. ¡Eureka! Ahora entiende: sólo está dando coces contra el aguijón.