Temístocles Soto despertó. Sobresaltado y sudado, supo que Basorexia era fruto de su afiebrada imaginación. Qué vergüenza: éste sería uno de esos sueños que jamás podría contar a viva voz. Si lo hacía, con seguridad le preguntarían de cuál estaba fumando. Pero nada fue en vano. Soto se levantó decidido a pelear por su libertad. Y a partir de este momento todo se vuelve tan difuso como indemostrable. Unos afirman que el profesor recuperó su libertad el fin de semana inmediato a su captura (los raptores habrían respetado el pacto y, superada la ignorancia ortográfica y gramatical que motivó su secuestro, lo enviaron de regreso a su domicilio a bordo de un Uber que, cada tres cuadras, iba repartiendo pizzas y comida china). [Nota 1 del editor: en estos tiempos hay que celebrar los oficios multifuncionales]. Otros aseguran que Soto escapó de su encierro tras aplicar su golpe maestro: disertó ante los plagiadores las reglas de acentuación de las palabras españolas. Sus oyentes primero se aburrieron y luego se durmieron (con ronquidos profundos y derrame de saliva), oportunidad que Soto supo aprovechar. Sea como sea, Temístocles -según cuenta la leyenda- volvió a pasear a su perra por las plazas del barrio y a sufrir los rasguños de su gato en horas de la madrugada. ¿Qué vino después? No se sabe. [Nota 2 del editor: desocupado lector, agradezca y valore la honestidad de esta casa editorial en vez de molestarse por contarle a medias una historia confusa]. Hay quienes afirman que Soto sabiéndose de nuevo un hombre libre acudió a visitar a la célibe maestra de religión. Ella apreció las rosas, los chocolates y el oso de peluche que él le obsequió, pero, por enésima vez, rechazó su amor. Eso sí, le regaló su Biblia personal (“la misma que leo cada mañana, Temístocles de mi corazón”). Soto, herido, pero no derrumbado, habría optado por viajar al extranjero a probar suerte. Dicen que ofició al interior de las cárceles como instructor de ortografía y gramática española. Al juzgar por sus resultados tuvo éxito: una docena de expresidiarios llegaron a ocupar puestos de alta gerencia en sociedades anónimas transnacionales. [Nota 3 del editor: ¡nadie sabe para quién trabaja!]. Que se dejó crecer el pelo y la barba. Que se volvió vegano. Que publicó un manual para enseñar que la letra S al final de las palabras debe leerse y pronunciarse, pues -igual que la H- “la S también existe e importa”. [Nota 4 del editor: este libro fue censurado en Chile, purgado de todas las bibliotecas públicas y no se le puede hallar siquiera en versión fotocopiada]. Si alguna vez se casó o tuvo hijos; si se reencontró en sueños con Basorexia; si regresó a su metro cuadrado o siempre vagó por la tierra; si se transportaba a pie, en barco o en avión; son preguntas ante las cuales sólo toca especular. El último reporte -no verificable- lo situaba sentado debajo de un árbol leyendo, mientras sonreía, un verso joánico: “En el principio era el Verbo… y el Verbo se hizo carne”.
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