Roberto Bolaño, siendo extranjero en suelo español, frecuentaba en Blanes una misma cafetería (casi a diario). Allí, el poeta chileno se sentaba a escribir, degustando un café con leche, mientras la regente del local lo tentaba ofreciéndole unos churros por mera cortesía. Esta mañana, tras salir de una frustrada audiencia de conciliación ante un juzgado civil de Santiago, acudo a refugiarme en una cafetería emulando a Bolaño. Apenas llego, una señora venezolana me acoge con una cálida bienvenida, “¿Qué le sirvo, mi corazón?”. Parco como jurista, le respondo un café con leche, por favor. “Ya se lo traigo, mi cielo”, y se va sin ofrecerme los churros de cortesía. Saco mi cuaderno y comienzo a escribir. Bolaño, desde la gloria, me mira, curioso, con un cigarro entre sus labios. Escribo y no paro de escribir. “Aquí tiene, mi corazón”, me dice la doña, tan de improviso que me asusta, y deja sobre mi mesa un té con canela. Advierto la discrepancia entre lo pedido y lo servido, pero, estoico, guardo silencio, escribo y sigo escribiendo. Al rato, ella vuelve a pararse frente a mí. “Mi vida, ¿y se puede saber que tanto escribe?”. “Sí, claro, con gusto”. Entonces elijo un poema, uno que según yo mata por impacto. Tomo aire, me inspiro, guardo silencio y leo con el alma vibrando. Listo. La miro y dejo que reaccione con libertad. “Oiga, usted debe ser un buen abogado”, me comenta. “¿Lo dice por mi prosa?”. “No, por su corbata”. Se voltea y se va. Al rato regresa trayendo la cuenta que le he pedido. Me cobra el consumo por un mate de hierbas y un trozo de torta de trufa. Me percato de la incongruencia entre lo tomado y lo cobrado. Estoico, pago lo que me dice y me retiro. “Gracias, tesoro. Que tenga un feliz día”. Está claro: mi poema fue a morir al tacho de indiferencia. Frustrado y cabizbajo, camino de regreso a la oficina. Desde la gloria, Bolaño, extasiado, susurra “Este cuadro es un poema en sí. Notable.” Y arrojando el pucho al suelo, lo pisa con suavidad, haciendo caer las cenizas sobre mi cabeza.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
Terrorista
La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...
-
La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...
-
Santiago de Chile arde en diciembre. El sol derrite la ilusión de una navidad fría y nevada. Sudando y con una botella de agua en las manos,...
-
Ella enseña derecho penal. Dicta el curso desde cuando se divorció de su primer marido (un infiel reincidente). Lo suyo ha sido desde siempr...
Como anécdota digno de Ripley
ResponderBorrar