lunes, 4 de marzo de 2024

Individuo 19-3

Sentado en el banquillo, Individuo 19-3 guarda silencio. No calla por estrategia. Calla porque no comprende el sentido de lo que sucede. Quien habla por él es el chaleco amarillo que viste sobre su ropa. Con letras grandes, en mayúscula y estampadas en negro, se aprecia, en el pecho y en la espalda, la leyenda I-M-P-U-T-A-D-O. Sus manos engrilladas le dificultan rascarse la cabeza. La jueza le concede un minuto para conversar con su defensora. Así lo hace. Queda peor. La letrada es experta en jerigonza. “Soy clara, ¿verdad?”– le consulta al verlo confundido. Individuo 19-3 se sincera y admite que ignora por qué lo persiguen. “Mire, lo que pasa es esto…”, responde la abogada y al instante inicia -sin respirar ni tragar saliva- una relación de fechas, nombres y lugares que a su defendido le dicen nada. “¿Ahora sí? Me sigue, ¿no’cierto?” – lo interroga al terminar su perorata. El sujeto, perplejo, la mira con ojos grandes. ¿Qué gana con decir que no comprende? Seguro le repetirán el mismo mensaje encriptado y con mayor volumen (como si fuera sordo). Por la sala se expande el hedor que expele el cuerpo del imputado. El olfato de los intervinientes sufre la ausencia de agua y jabón. Las narices votan por presumir de derecho la responsabilidad penal del hediondo. La fiscalía pide su prisión preventiva. “Y lo hago en base a los siguientes antecedentes, Señoría”, afirma la representante del Ministerio Público. Y se luce. Sabe que la prensa registra su imagen y discurso en grabaciones de alta fidelidad. “Aquí se observa una huella de zapato que bien podría corresponder al imputado”, y con su dedo apunta a ese campesino esposado que de niño calza sandalias. “Aquí se muestra, por la espalda, una larga caballera que bien podría ser la del fugitivo. Señoría, lo sé: si ahora él luce el pelo corto, sepa que lo hace para burlar la acción de la justicia”, continúa la persecutora. “Y en esta fotografía se aprecia la mano tatuada del autor de la agresión. Usía, también lo sé: el hecho de que ahora sus manos estén limpias no anula la posibilidad de que esos tatuajes hayan sido temporales y usados para confundir”. La jueza oye, mira el techo, suspira y decreta un receso. Al regresar, de plano sentencia: “Por estimarlo un peligro social, se ordena la prisión preventiva del imputado”. El hombre no se inmuta. Permanece entero. ¿Será estoicismo? No, es ignorancia. Desconoce que la privación de libertad recién comunicada será la suya. Ni sospecha que ese día no regresará a su casa, no comerá en su mesa ni dormirá en su cama. Más tarde, enjaulado en una celda, se preguntará por qué.

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