Soñaba ser poeta. Pero la tradición familiar fue implacable. Se matriculó (¿lo matricularon?) en la Facultad de Ingeniería. Se graduó con una tesis sobre los números imaginarios. Lo premiaron por su estilo (“Jamás un matemático escribió así”, sentenció el jurado). Al tiempo, por error, timbró el número de la oficina equivocada. Se presentó ante la mujer que le abrió la puerta. Sin esperar que le dieran la palabra, explicó porqué quería trabajar. Ella, extasiada, lo escuchó derritiéndose por lo grave de su voz. Se contemplaron en silencio. Luego, estallaron las carcajadas. No consiguió trabajo, pero ahorran para irse juntos a París.
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