viernes, 16 de mayo de 2025

¡Abejas!

Su fastidio era manifiesto. Sentía el peso de la mochila llena de carpetas. Su tutor lo amenazó con reprobarle la práctica si para mañana no redactaba las demandas pendientes. Lamentando su suerte veraniega ingresó al metro santiaguino empapando el cuello de la camisa con su hediondo sudor. En su molestia se condujo con torpeza y sus libros cayeron. “Disculpe, señora” – decía avergonzado mientras se agachaba a recoger su Código Civil abierto en el suelo. Bastó apenas esa milésima de segundo. Sus ojos se cruzaron con el artículo 620. Y la verdad lo hizo libre. “Las abejas que huyen de la colmena y posan en árbol que no sea del dueño de ésta, vuelven a su libertad natural” – se oyó gritar con voz de fiesta a don Andrés Bello desde el más allá. El haz de luz y color que salía del inciso produjo un Big Bang que cubrió todo el vagón. Los pasajeros calatos echaron a correr por las verdes praderas. Los cuatro vientos soplaron levantando cabelleras y transportando la fragancia de las rosas. Salvajes felices aullaban de alegría con más fuerza que Rousseau en sus eróticos sueños sobre una humanidad sin cadenas. ¡Al diablo las convenciones y los modales! Besó, amó, danzó y durmió. La voz del locutor irrumpió anticipando el nombre de la próxima estación. Se abrieron las puertas y la rutina sobrevino. Como ovejas al matadero cada quien se fue a lo suyo. En la calle una abeja voló a pegarse en su mochila. No la espantó. Desde la ventana ella le hizo compañía hasta que terminó la redacción de la última demanda. “Te quedaron buenas, Galleguillos. Te salvaste” – admitió después de un rato el tutor. “Ven mañana a saber tu nota” – remachó con sequedad. Pero Galleguillos se había dormido en su presencia. Sonreía y abrazaba su Código. 

Terrorista

La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...