Temístocles Soto reposa su cabeza sobre sendos pechos de mujer. En un lenguaje sin palabras dialoga con ella. Disfruta del momento. “¿Quién eres?”, pregunta el profesor. “¿Para qué quieres saberlo?”, le contesta la dueña de esas manos que ahora lo acarician. “Al menos dime entonces a qué has venido”, replica él.
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Vengo a liberarte.
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Pero no me iré contigo hasta siquiera saber cómo
te llamas.
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¡Adivínelo, profesor!
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Sólo si me das unas pistas.
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En mí reposa la fuerza de Débora. [Nota 1 del
editor: alude a la jueza del antiguo Israel, en los años previos a las
monarquías de Saúl, David y Salomón].
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¡Chanfle! Quedé igual. No, aún peor. [Nota 2 del
editor: la casa editorial no responde por la ignorancia bíblica del
protagonista. Se le hizo ver este defecto al autor, pero en vez de pulirlo
insistió en publicarlo].
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En mí habita la valentía de Ester. [Nota 3 del editor:
se alude a Hadasa, la hebrea, quien, intrigas de palacio y concurso de belleza de
por medio, llegó reinar un imperio que abarcó desde la India hasta Etiopía].
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¡Diantre! Me hundo más y más en la intriga.
[Nota 4 del editor: ¡Ay, Soto! ¡El siguiente, por favor!].
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Soy una hija de Eva con tantas agallas para
nadar contra corriente como Rut la moabita. [Nota 5 del editor: mujer
extranjera que venciendo el dolor de la viudez dejó su tierra natal para probar
suerte como allegada en Israel. Triunfó].
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Hermosa desconocida, me la haces difícil. Sólo
sé que te admiro, aunque seas más compleja que la conjugación condicional
compuesta del verbo haber.
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No temas, hombre de barro. Nada más entrégate a
mi calor mientras esté contigo.
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¿No serás Juana de Arco?
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No, pero basta ya. ¡Levántate y sígueme! Mira
que tus captores han despertado y vienen por ti.
Soto corre tras la estela de su heroína. Ella, veloz y
siempre por delante, grita hacia atrás: “¡Llámame por mi nombre de guerra: Basorexia!”
Y así, urgidos por la prisa, montan un corcel. La bestia, negra como la noche,
se levanta sobre sus dos patas traseras. “¡Agárrate fuerte de mi cintura!”, le
instruye con seriedad su redentora. A corta distancia la cuadrilla de
plagiadores los persigue, cada uno conduciendo una cuadrimoto. Se aprestan a
abrir fuego, pero antes Basorexia alza la voz con fuerza de catarata:
“¡Agáchate, Soto! ¡Voy a disparar!” Y se contornea con agilidad felina. Una
tras otra lanza cuatro flechas encendidas y las cuatro dan al blanco. Los
plagiadores caen al suelo y ruedan como barriles cerro abajo. Un kilómetro más
allá, extinguido el peligro, Basorexia desmonta del caballo e invita a Soto
para que haga lo mismo. Juntos suben caminando el sendero de una colina. Llegan
a un plano, un auténtico mirador natural. Contemplan el valle con las primeras
luces del amanecer. Temístocles se acerca para fundirse con ella en un abrazo. Al
instante Basorexia se evapora. Soto, en soledad, espera la salida del sol.
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