domingo, 4 de febrero de 2024

¡Secuestrado! (1)

Temístocles Soto es profesor de lenguaje. Ama enseñar. Cientos de niños han aprendido, por él, a cultivar el español. Son décadas las que lleva dedicado a la instrucción de las normas que regulan la escritura. Ha recorrido distintos liceos y colegios en la comuna donde vive. Sus estudiantes lo quieren, pero más de uno le deseó lo peor al recibir una baja calificación. Soto es implacable con los errores de ortografía: los encierra en círculos rojos y por cada yerro reduce el puntaje. El mundo de Soto son los libros, las sopas de letras y sus clases hechas con cariño para los más pequeños. No tiene enemigos, cuentas bancarias ni acreedores (¿cómo va a tenerlos si nadie le daría un crédito?). Es un eterno enamorado de la maestra de religión, pero ella ofrendó su vida y soltería al Señor. Así, cuando esa mañana de febrero Soto camina por la calle (haciendo la misma ruta de siempre) no sospecha que los dos sujetos que lo siguen vienen por él. ¿Por qué apurar los pasos? ¿De qué temer? Con calma se detiene frente al semáforo en rojo y, sometiéndose a la ley del tránsito, espera sin apuro la luz verde para cruzar. Es el momento perfecto para sus captores: lo secuestran con facilidad. Sin gritos, sin resistencia. Lo suben a un vehículo. Adentro hay dos individuos más: uno sentado al volante y otro funge de copiloto. Todos visten de negro y cubren sus ojos con lentes oscuros. Le ponen una capucha y, aunque es innecesario, le amarran las manos. (¿De veras creen que Soto se defenderá usando su fuerza? ¿Puñetes, patadas y cabezazos? ¡Si lo único que Soto ha quebrado en su vida es la tiza que usa para escribir en la pizarra!) Piensa que esto habrá de ser una broma. ¿Qué otra cosa puede ser? ¿Quién pagaría un rescate por él? Una voz femenina (hasta entonces él ignoraba que entre sus raptores hubiera una mujer) le advierte: “Profesor, no se agite. Somos profesionales. Coopere con nosotros. No le haremos daño si usted se comporta como el caballero que es”. ¿Profesor? Sí, lo llamaron profesor. Tienen claro quién es él. “Sabemos que vive solo y que, salvo su perra y su gato, nadie notará su ausencia. Menos en vacaciones de verano”. Y el vehículo sigue circulando por las calles de la ciudad. Al rato, y luego de un prolongado silencio, Soto es consciente que están recorriendo un terreno pedregoso y sin asfalto. Comprende que han salido del radio urbano. Llegan a un lugar que, sin duda, es una zona de campo. Le quitan la capucha. “¡Pero no abra los ojos!”, le gritan. Se oyen pájaros cantar y las brisas del viento despeinan su caballera. Lo sientan en una silla. “Tiene cinco minutos para resolverlo. Ahora sí: abra los ojos”. Soto obedece a la voz femenina. Se descubre en un sitio eriazo. Los plagiadores lo rodean. Le acercan un pupitre y un lápiz. Sobre el mueble hay un crucigrama. “¡Su tiempo corre, profesor!”

 

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