“¡Se acabó su tiempo!” Tras el grito, una mano de mujer le arrebata el crucigrama. Soto oye unos cuchicheos a sus espaldas. Están deliberando. “Les dije: el hombre es bueno”, afirmó una voz gutural. “Lo hizo a la perfección. Me gusta. Voto por él”, lo sigue una voz de tono más parlanchín. “Profesor, queda contratado”, sentencia con firmeza la voz femenina (que, sin duda, es la que comanda las acciones del grupo). Ella misma continúa: “Le daremos comida, tendrá una cama y una ducha. Nadie lo molestará. Usted sométase. El fin de semana podría regresar a su departamento. Su perra y su gato no lo echarán de menos. Los visitaremos cada día”. Temístocles Soto -el profesor de lenguaje, el maestro de niños, el amante de los libros- vive las horas más extrañas de su ordinaria existencia. Trata de entender lo incomprensible, pero se rinde y opta por dejarse llevar. “Profesor, voy al punto”, le dice al oído derecho la misma mujer que insiste en quedarse a sus espaldas. “Nuestra banda criminal atraviesa su peor momento. Necesitamos salir del hoyo. Por eso lo hemos traído”. Soto está que se ríe, pero se muerde la lengua. “Profesor, no se me haga el payaso”, le recrimina su captora. “Más le conviene escuchar y actuar”. Y sigue con su explicación. Que las estafas están siendo descubiertas con facilidad. Que la policía les ha frustrado varios engaños. Y que incluso el ciudadano corriente está detectando los fraudes y denunciándolos como cosa falsa por las redes sociales. “Así que, ahora díganos, profesor, ¿qué estamos haciendo mal?” Sin más palabras, instalan sobre el pupitre un notebook. En cuestión de segundos se despliegan frente a sus ojos una serie de pantallazos donde se lee: “Bamco Santander”, “¡Hola! Soy su nuebo ejecutibo de cuentas”, “¡Oferta inperdivle!”, “Hácete millonario”, “¡Sale a recorrer el mundo con tus miyas!” y, en fin, “En días de calor, ¡pónele color!” Soto no requiere saber más detalles. El misterio oculto ha sido revelado. “Profesor, ¡responda!: ¿en qué estamos fallando?”, le exige la voz de mando de la regenta de su libertad. “Necesito una pizarra, una caja de tizas y el Diccionario de la Lengua editado por la Real Academia Española”, se atreve a pedir Soto, temiendo que este requerimiento le cueste la vida. De nuevo, comienzan los cuchicheos por la espalda. Esta vez el debate entre los secuestradores es más intenso. “Está bien. Tendrá todo en 60 minutos. Por mientras, puede levantarse y recorrer el campo. Pero hágalo sólo en línea recta. ¡Ni se le ocurra voltear!” Soto acepta y agradece la concesión. Caminando -siempre hacia adelante- recuerda la historia bíblica que le contó su amor platónico: la esposa de Lot acabó convertida en estatua de sal por mirar atrás. A la hora, Soto está listo para impartir una clase de ortografía. “El verbo salir, en forma imperativa, se conjuga sal, no sale. Ejemplo: sal de vacaciones”. Sus estudiantes (a rostro cubierto, unos fumando, otros bebiendo, todos contentos) están maravillados. Gozan del poder de la palabra.
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