“Me llamo Alyona”, y dicho eso acepta el café que le ofrezco. Le pregunto por qué desea hacer su pasantía en este diario y, encima, en periodismo deportivo. “Es que sólo este espacio reúne mis dos amores: las letras y el fútbol”. Y con gracia me cuenta los libros que pretende leer este verano y los goles que marcó el año pasado jugando por su equipo. Me entero así de que ama la literatura rusa (“es por mi madre, ¿sabe?”) y que ha sido -por tres años seguidos- la capitana de la selección de su facultad de periodismo. Me habla de Anna Karenina y del penal que estrelló contra el travesaño cuando disputaron la final contra la escuela de ingeniería. “Me dolió, pero he vendado mis heridas”. Es entusiasta y tiene anécdotas para arrojar a la chuña. Me recuerda mis inicios, años atrás, cuando llegué -igual que ella- buscando un lugar en este diario. Decido tantear sus habilidades con un caso ficticio. Le invento la historia de un pasante que debe ir a la cárcel a conseguir información sobre un partido jugado entre gendarmes y condenados. “Te va mal porque el funcionario de turno te niega los datos que necesitas, pero sin quererlo te encuentras con la mujer de un preso que jura poseer la verdad que buscas. Dime, ¿creerías en su palabra si no tienes otra fuente de verificación?” Alyona achina sus ojos, guarda silencio, y mira hacia una ventana. “No, no lo publicaría. Prefiero perder la noticia a ganar por chamullo”. ¡Oh! Ésta sí que no la vi venir. La contemplo con secreta admiración, pero me finjo impávido. “A ver, hablemos de otras cosas. Déjame ver tu currículum”. Leo al azar, omitiendo detalles, hasta detenerme de forma arbitraria en un punto de su historia académica. “Dice aquí que escribiste tu memoria de grado sobre El cantinfleo en América Latina. ¡Explícame eso, por favor!”. Noto que se sonroja. Mas se sobrepone, lleva su pelo hacia atrás y con voz firme me contesta: “Sí, quise investigar sobre ese hablar de manera disparatada e incongruente que de pronto se oye o se lee en la prensa. Por años me ha inquietado la capacidad de hablar mucho y sin sustancia”. Y sigue explicándome que las implicancias prácticas de su tesis apuntaban a reducir el número de sinónimos, a prescindir de los adjetivos y a limitarse a sólo un adverbio por página. “Mire, en resumen, mi tesina tenía que ver con la repugnancia de la verborrea en los medios de comunicación masiva”. Lo afirma y se calla. Estoy demolido. Me siento acusado. Pero ante todo finjo ser quien domina el momento. Me levanto y le digo: “Ven. Sígueme. Te mostraré tu lugar de trabajo y, de paso, te presentaré a tus compañeros”. Al rato, ya a solas en mi escritorio, recuerdo el titular de mi primera crónica (“¡Masacre en la prisión!”) ¿Qué será de la Rosa y el Kakuka? Me río de buena gana. Parece que Dios tiene un particular sentido del humor.
viernes, 2 de febrero de 2024
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