Llevan más de 50 años juntos. Entre pestes y guerras,
respiran todavía. Don 19-5 conoció a doña 19-5 a dos cuadras del lugar donde
ahora viven. De niños fueron vecinos, en la escuela se hicieron amigos, en un
banco de plaza se enamoraron y apenas lograron su autonomía, celebraron
matrimonio. A los años llegaron los hijos y, con el correr del tiempo, los
hijos se fueron. El par de viejos resintió la soledad. Saben que el mundo ha
cambiado desde cuando nacieron. Pero viven sin comprender la magnitud de las
mutaciones. Seis meses atrás llegó al barrio un joven que, cuando los vio
cargar a duras penas las bolsas del mercado, se ofreció a ayudarles hasta la
puerta de la casa. Se lo agradecieron. Lo invitaron a pasar y le ofrecieron un
vaso de agua. Mientras bebía, el muchacho recorrió con la vista cada rincón del
hogar. Al retirarse les dijo que contaran con él cuando lo necesitaran. Los
viejos se emocionaron ante tamaña bondad. Semanas después el joven vuelve a entrar
a la vivienda de los dinosaurios. En un instante pide permiso para ir al baño
y, luego, antes de salir, se ofrece a llevar su vaso vacío hasta la cocina. Los
veteranos lo dejan moverse con libertad. Confían en él. Y así pasan los días. Los
abuelos duermen, despiertan, se visten, se desvisten, riegan sus plantas,
preparan sus comidas, barren el suelo, leen en voz alta, ríen y lloran, y con
cierta frecuencia, se toman de las manos, se acarician y, al ritmo de los boleros
que hacen sonar, bailan pegados. Cada acción, reposo, palabra o silencio que
ellos protagonizan es transmitida en tiempo real por la nanotecnología instalada
en el baño y la cocina. El muchacho que lo hizo goza a costa de lo que ve. Selecciona
las escenas que más le gustan, las edita, las musicaliza y, por las noches, sin
falta, las difunde por las redes sociales. Le ha ido bien con su negocio: ha
ganado sus primeros dólares y su audiencia crece de forma exponencial.