“Me gustó tu crónica, pero…”, y sin decir más, dejó la frase flotando en el aire. Comenzó a revolver el azúcar que vertió sobre su café con leche. Distraído, y sin levantar la mirada de su taza, siguió como hablando al aire y desconectado de lo anterior: “Cuando llegué a la dirección del diario aprendí, de a poco, a descubrir diamantes en bruto”. Enfatizó con su voz el adjetivo más que el sustantivo. ¿Un insulto mal velado? Intrigado, lo escuchaba con atención sin quitarle mis ojos de encima. “Sí, en ti veo algo de potencial, pero lamento tu verborrea”. En mi mente no pude evitar que con esa palabra regresara un viejo fantasma. La primera vez que alguien me habló sobre la verborrea imaginé un diccionario con diarrea: ¡una catarata imparable de palabras! Casi se me escapa una risa, pero me mantuve firme. No iba a farrearme por un chiste la entrevista con el director del diario más leído. Este veterano me inspiraba entre reverencia y familiaridad. “Mira, voy al punto: estoy dispuesto a darte una oportunidad, pero sólo con una condición”. ¡Madre mía! Esta no me la esperaba. Estuve por decirle “Adelante, Senséi, ordene”, pero preferí mover la cabeza en aceptación. “Tendrás que someterte a una terapia de choque”, y estalló en una risotada. Quedé perplejo. Temí por un instante adentrarme en las huestes del mal. ¿Estaba negociando con un demonio? Algo aterrado abrí la boca para preguntar, con un hilo de voz: “¿Y cuál sería esa, caballero?” El hombre se levantó, volvió a ajustarse el pantalón a la cintura y, chequeando que los botones de la camisa formaran una fila perfecta, exclamó con cierto halo de misterio: “Silencio. Silencio y más silencio. Tendrás, por un tiempo, que aprender a callar”. Tal cual. En mi perplejidad me imaginé enviado a meditar a las montañas. Se lo dije. El director volvió a reír. “Nada de eso. Eres urbano. Acéptalo. No puedes renegar de esta ciudad, y menos si te da de comer. Lo tuyo será más práctico. Comenzarás desde donde estás”. Me pidió sacar mi libreta de notas. Hizo una pausa. Entonces me dictó lo que llamó tareas: “Asistir de público a tres partidos de tenis. Recorrer un templo, un museo y una biblioteca. Y sentarse por tres horas en una plaza para observar qué hacen las palomas y los perros callejeros”. Lo mejor fue la advertencia: “No te engañes y ni se te ocurra hacerme trampa. Cuando lea tu reporte las cosas caerán por su peso. Listo. Hablamos la próxima semana. Ah, y guárdate la despedida. Tu voto de silencio comenzó”. Y así, con la boca bien cerrada y cual Moisés que ha visto una zarza arder, partí mi travesía. Me picaban los labios por hablar. Me quemaban los dedos por mandar un WhatsApp. Sentí atravesado en la garganta un grito que exigía salir. Como jamás me había sucedido, ahora tenía ganas de clamar, exclamar, reclamar, proclamar. Mi verborrea estaba siendo probada. Temí morir por una sobredosis de silencio.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
Terrorista
La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...
-
La apodé mi Terrorista. Nunca fabricó una bomba y jamás usó un pasamontaña, pero usaba el terror como nadie antes lo hizo. Leía todo sobre g...
-
Santiago de Chile arde en diciembre. El sol derrite la ilusión de una navidad fría y nevada. Sudando y con una botella de agua en las manos,...
-
Ella enseña derecho penal. Dicta el curso desde cuando se divorció de su primer marido (un infiel reincidente). Lo suyo ha sido desde siempr...
Interesante, a estas alturas uno se pregunta que pasara con el personaje don "Pasante"....
ResponderBorrar👏👏👏👏👏👏
ResponderBorrar