“¡Masacre en la prisión!” fue el título de mi primera crónica deportiva. En rigor, la última. Tras su publicación siguieron -de inmediato- doce horas de gloria. Mi madre, orgullosa como nunca, hacía circular mi artículo entre sus amigas. Unas me llamaban, otras me escribían. Todas me halagaban. “¡Qué lindo escribe, mijito!” me repitieron varias señoras cluecas. Mi novia me invitó a comer sushi en un boliche cercano a su facultad. “¡En tu honor!”, me dijo manipulando los palillos con excelencia mientras alzaba una pieza de arroz como si fuera un brindis. Me sentí grande. Soñé con seguir la senda de Mistral, Neruda, García Márquez y Vargas Llosa. Hasta imaginé el discurso que diría mientras, ovacionado, recibía el Nobel de Literatura. Pero a la hora trece todo cambió. La fiesta acabó en luto. El director recibió un mensaje del ministerio del Interior. La advertencia era clara. Que los tiempos no estaban para esos titulares, que el susto sufrido en las esferas del poder había obligado a la policía desplegarse en terreno y que, por el bien del país, mejor sería que en lo sucesivo se evitaran mensajes equívocos que sólo aumentaban el miedo que azotaba a la población. A eso siguió una declaración pública del sindicato de gendarmes. No estaban dispuestos a ser mancillados en su honra, menos en su reputación futbolera. Negaron los hechos referidos en mi crónica y aclararon que, por el contrario, el partido acabó con un triunfo para los funcionarios públicos (“¡no para los once capitaneados por el Kakuka!”). Admitían sí que el duelo fue estrecho, pero la victoria fue de ellos gracias a la zurda bendita del Charrúa (un teniente con acento uruguayo) que anotó un golazo en el minuto 89. Explicaban, por fin, que optaron por no publicar el resultado por deferencia a los caídos (se temía que, resentido el ánimo del Kakuka y sus secuaces, el motín no se dejara esperar). Los rematados también hicieron lo suyo: subieron a las redes un video pirata donde se mostraban aleonados por la crónica y aplaudían esa línea donde se leía que “de rodillas y pidiendo clemencia se vio a los gendarmes en el centro de la cancha tras el pitazo final”. Sería todo. Debut y despedida. “Mira, chico”, comenzó el director cuando me tuvo sentado al otro lado de su escritorio, “me duele hacerlo, pero debo sacarte de aquí. Armaste un revuelo de padre y señor mío cuyas consecuencias aún no dimensiono. Esto agarró ribetes de problema público y no estoy para esas lides. Un gusto conocerte”. Nos dimos la mano y, al segundo, estaba de nuevo en la calle. El sol santiaguino me quemaba la cabeza. Busqué una sombra donde capear el calor. Y allí me quedé a esperar. ¿Esperar qué? Ni yo lo sabía. Entonces sonó mi teléfono celular. Era una señorita del diario de la competencia. Me preguntaba si podía acudir a una entrevista. Anonadado terminé la llamada. Pensé en Rosa, en el Kakuka y en los goles que éste nunca metió. Sonreí.
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Maravilloso, insospechado, el Franz de siempre.
ResponderBorrarBuen relato, Institutano; veremos qué pasa después de la sonrisa del cronista deportivo
ResponderBorrarMe encantó.
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