Llegué a la cárcel
con las monedas que conseguí prestadas. Antes de partir llamé a mi enamorada.
Quería que supiera adónde iba y porqué. “No temas, mi amor, saldrás caminando”,
dijo ella con la dulzura de su voz. “No es necesario que me digas eso”, repliqué.
“No creas, oye. ¿Por qué alardeas de tu libertad? Mira que uno nunca sabe”,
retrucó. Quedé lelo por tamaño consejo. Saqué valor y seguí adelante. Me
presenté en la portería del penal. Puse mi mejor cara. Le expliqué al gendarme
que buscaba los detalles del partido de fútbol disputado el día anterior. Me
miró con sospecha. Me advirtió que primero debía comunicarse con su jefatura.
Me pidió esperar (ahí de pie, en la calle, bajo el sol santiaguino). Cerró la
ventanilla y comencé a oír -a la perfección- el diálogo por radio que sostenía
sobre mi visita. “Soto, no, dile que no al chico ese. ¡Se te ocurre que vamos a
andar entregando esa información! ¡Ni locos, oye! Pa’ que se quede tranquilo el
pililo ese, dile nomás que pida lo que quiera por la Oficina de Transparencia.
Que en 20 días hábiles venga a saber su respuesta. Y chaolín, nomás”. Claro
como el agua. Cuando el funcionario reabrió la ventanilla (ahora sabía que él
tenía que ser Soto) se dirigió a mí con cara de solemnidad. Me trató como si
esto fuera un asunto de Estado. Poco faltó para que juntos izáramos la bandera
y cantáramos el himno patrio. Mi misión se estrellaba contra un muro granítico.
Insistí, supliqué, rogué y hasta lloré mi mejor carta: “¿Sabe, caballero? De
esto depende mi práctica y mi futuro profesional. Sueño con casarme y formar
una familia”. Nada. Sólo logré que el tal Soto me mirara con simpatía y me
deseara lo mejor. Era impenetrable e insobornable. El hombre era una tumba.
Nada que hacer. Me disponía a regresar al diario, dispuesto a dar la cara. Iba
a lanzar una moneda el aire (cara, presento mi renuncia; cruz, pido una segunda
oportunidad), cuando en eso se me acercó una muchacha. “Lo sé todo, papito. Tú
cállate calla’o nomá, mira que yo sí te puedo ayudarte”. Se presentó: “Soy la
Rosa, la mujer del Kakuka[1]”. Y así, entre chistes, garabatos y globos
inflados por el chicle que masticaba en su boca, comenzó a develar todo lo que
sabía sobre el partido. “Fue una paliza, mi niño. Los gendarmes quedaron de
rodillas. ¡Cómo lloraban esos [Q#$%&/][2], oh! Los cabros nuestros los hicieron puré.
¡Siete a cero, mi guacho! ¡Chúpate esa! ¡Siete a cero! ¡Goleada y de la güena!”
“Gracias, doña Rosa, ha sido usted muy amable conmigo”, afirmé con emoción en
mi voz. “Rosa, nomá, mi guacho. Dime Rosa. Si soy igual a vó’ nomá, mi niño”,
concluyó ella guiñándome un ojo y reventando con fuerza el último globo que
infló con su chicle gastado. Regresé contento a mi departamento. Redacté la
crónica. Y, cinco minutos antes del plazo fatal, la envié. (¡Gracias, Rosa!)
[1] https://cuentossingloria.blogspot.com/2020/12/amantes-de-la-libertad.html
[2] Irreproducible por esta casa
editorial.
Estupendo Franz. La practica hace al maestro.
ResponderBorrarTus cuentos cortos son entretenidos y dinamicos. Te insto a desarrollar tu don. 🤗👍