Tiene mi ensayo frente a sus ojos. Se nota molesto. Lee con desgano. Es celoso del precio de su tiempo y sabe que le estoy robando segundos que suman minutos. “¿Quién te dijo que sabías escribir?”, me pregunta de golpe. Pienso rápido: “Mi mamá. Ella dice que escribo bonito. De hecho, lo comenta con orgullo a sus amigas”. Al sujeto se le tiñe la cara de un rosado con tendencia al rojo carmesí. Sin bajar las cejas (elevadas al máximo) replica: “¿Y alguien más objetivo?”. “Sí”, le contesto al instante. Quiero mostrarme atento y dinámico. “Mi polola. Ella afirma que le gusta como escribo y me asegura que no me lo dice sólo por amor. Y fíjese que yo lo creo”. El hombre está a punto de estallar, pero se contiene. “¿Dónde aprendiste?”, continúa con su entrevista. “Leo todo lo que publica su competencia. Me parece genial. Ellos sí que tienen unos columnistas extraordinarios…”, y cuando ya me apronto para citar nombre por nombre a mis referentes, advierto en el rostro de mi interlocutor algo similar a la molestia con tintes de furia. Mas de nuevo se autocontrola. Tragándose la ira, me consulta: “¿Por qué quieres hacer aquí tu pasantía?” Lo pienso y sé de inmediato qué contestarle. Nada como la verdad. “Porque aquí sobran las vacantes. Ninguno de mis compañeros se motiva a postular a este diario. Así que, luego de ser rechazado en el periódico de la competencia (¡tienen unos columnistas de lujo!), pues, ni modo, me vine aquí en la confianza de que sería fácil encontrar un cupo”. Trago saliva. No, mejor me callo. Eso quedará sólo para mis registros mentales. Otra verdad oculta por razones de seguridad. “Mire, en verdad quiero aprender el oficio. Y estoy seguro de que aquí tendré un acceso directo a la realidad”. Ahí va mi respuesta definitiva. Con eso siento que hacemos las paces. “Bien. Es todo. Comenzarás ahora mismo”, sentencia el ogro que, a partir de ese momento, me parece algo más bonachón. “Para esta tarde debes enviarme una crónica del partido que ayer jugaron los Gendarmes contra los Rematados en el amistoso veraniego de la Copa Penitenciaria”. Cuando el director se levanta para irse, lo retengo con mi última pregunta: “Señor, disculpe, pero no asistí al partido y tengo claro que de ese encuentro no quedó registro alguno. No tengo fuentes que me aporten los datos”. “Mira, chico: ese problema es tuyo. Si de veras quieres hacerlo, vete ahora mismo a la cárcel y entérate de lo sucedido”. No hay más. Y así, sin un peso en los bolsillos y armado sólo con una novela bajo el brazo, parto en busca de la noticia mientras el sol de Santiago me quema la cabeza.
YA era hora querido Franz... a caldearte la cabeza, recorriendo Santiago, buscando esa historia, cuento y anécdota donde trasluce vuestra intuición, observación y certera apreciación de la honorabilidad, nobleza y divinidad de los hombres/mujeres/jóvenes y niños.
ResponderBorrarGracias por traer de vuelta tus personajes
ResponderBorrarAy que gusto leerte querido Franz. Ahora te comento por aquí 😉.
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